San Alfonso Maria de Ligorio – Infierno

SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO
PREPARACIÓN PARA LA MUERTE

Obispo, Doctor de la Iglesia por sus escritos sobre la moral.
Fundador de la Congregación del Santísimo Redentor (los Redentoristas)
Patrón de confesores y moralistas.(1696-1787).

 

Consideración 26. De las Penas del Infierno

Dos males comete el pecador cuando peca, deja a Dios sumo bien, y se entrega a las criaturas,” porque dos males hizo mi pueblo, me dejaron a mí que soy fuente de agua viva y cavaron para sí aljibes rotos que no pueden contener las aguas” nos dice el Señor por boca del profeta Jeremías.
Y por que el pecador se dio a las criaturas con ofensa de Dios, justamente será atormentado en el infierno por esas mismas criaturas el fuego y los demonios. Esta es la pena del sentido.

Mas como su culpa mayor en la cual consiste la maldad del pecado, es el apartarse de Dios. La pena más grande que hay en el infierno, es la pena de daño. El carecer de la vista de Dios y haberle perdido para siempre.
Consideremos primeramente la pena de sentido, es de fe, que hay infierno, en el centro de la tierra esta esa cárcel destinada al castigo de los rebeldes contra Dios. Que es pues el infierno, es un lugar de tormentos como le llamo el rico epulón, lugar de tormentos donde todos los sentidos y potencias del condenado han de tener su propio castigo y donde aquel sentido que más hubiere servido de medio para ofender a Dios será más gravemente atormentado.
La vista padecerá el tormento de las tinieblas. Digno de profunda compasión seria el hombre infeliz, que pasara cuarenta o cincuenta años de su vida encerrado en un estrecho y tenebroso calabozo. Pues el infierno es cárcel por completo cerrada y oscura donde no penetrara nunca ni un rayo de sol ni de luz alguna.

El fuego que en la tierra alumbra no será luminoso en el infierno, dice el salmo 28, voz del Señor que corta llama de fuego, es decir como lo explica San Basilio que El Señor separara del fuego la luz, de modo que esas maravillosas llamas, abrazaran sin alumbrar, o como dice San Alberto magno, apartara del calor el resplandor y el humo que despedirá esa hoguera formara una nube tenebrosa que como dice San Judas, en su carta primera capítulo 3, segara los ojos de los réprobos, no habrá más que la precisa para acrecentar el tormento, tan solo un pálido fulgor que deje ver la fealdad de los condenados y de los demonios y el horrendo aspecto que estos tomaran para causarnos mayores espantos.

También el olfato padecerá su propio tormento sería insoportable que estuviésemos encerrados en estrecha habitación con un cadáver fétido, pues el condenado ha de estar siempre entre millones de réprobos vivos para la pena, pero hediondos por la pestilencias que arrojaran de si, según el profeta Isaías 34-3.
Dice San Buenaventura, que si el cuerpo de un condenado saliera del infierno bastaría para que el solo por su hedor muriesen todos los hombres del mundo. Y aun dice algún insensato, si voy al infierno no iré solo.
Infeliz, cuantos más réprobos allá allí, mayores serán tus padecimientos. Dice Santo Tomas, allí la compañía de otros desdichados no alivia sino que acrecienta la común desventura. Muchos más penaran sin duda por la fetidez asquerosa, por los lamentos de aquella desesperada muchedumbre y por estrechez en que se hallaran amontonados y oprimidos como ovejas en tiempos de invierno, como uvas prensadas en el lagar de la ira de Dios.

Padecerán así mismo el tormento de la inmovilidad, tal y como caiga el condenado al infierno así ha de permanecer inmóvil. Sin que le sea cambiar de sitio ni mover manos ni pies mientras Dios sea Dios.
Sera atormentado el oído con los continuos lamentos y voces de aquellos pobres desesperados y por los horrorosos estruendos que los demonios harán. Huelle con nosotros el sueño cuando oímos cerca gemidos de enfermos llantos de niños ladrido de algún perro. Infelices réprobos que han de oír forzosamente por toda la eternidad los pavorosos gritos de todos los condenados.

La gula será castigada con un hambre devoradora, más no habrá allí ni un pedazo de pan, padecerá el condenado abrasadora sed que no se apagaría ni con toda el agua del mar.
Pero no se le dará ni una sola gota, nada más que una gota pedía el rico avariento, y no la tuvo ni la obtendrá jamás. La pena de sentido que más atormenta al condenado es el fuego del infierno, tormento del tacto como se lee en Eclesiástico 7-19 El Señor le mencionara especialmente en el día del juicio, “apartaos de mi malditos, al fuego eterno” Evangelio según San Mateo 25-41.

Aun en este mundo el suplicio del fuego es el más tremendo de todos, más hay tal diferencia entre las llamas del infierno con las de este mundo, que como dice San Agustín, en comparación con las nuestras son como pintadas o como si fuesen de hielo, según como dice San Vicente Ferrer. Y la razón de esto consiste en que el fuego terrenal fue creado para utilidad nuestra, pero el del infierno, solo para castigo fue creado.
Por eso dice Tertuliano, muy diferente es el fuego que se utiliza para servicio del hombre y el que sirve para la justicia de Dios, la indignación de Dios que encienden esa sed de venganza. Y por esto llama Isaías, espíritu de ardor al fuego del infierno, el condenado estará dentro de las llamas rodeado de ellas por todas partes como leño en el horno, tendrá abismos de fuego bajo las plantas, inmensas masas de fuego sobre su cabeza y alrededor de si, cuanto vea toque o respire, fuego a de respirar, tocar o ver. Sumergido estará en el fuego como el pez en el agua y esas llamas no se hallaran alrededor del réprobo sino que penetraran dentro de él, en sus mismas entrañas para atormentarle, el cuerpo será pura llama, ardera el corazón en su pecho, las viseras en el vientre, el cerebro en su cabeza, en las venas la sangre, la medula en los huesos, todo condenado se convertirá en un horno ardiente, como dice el salmo 20-10.

Hay personas que no aguantan ser quemadas por el suelo calentado por los rayos del solo, o tampoco aguantan estar bajo un brasero encendido en un aposento cerrado, ni pueden recibir una chispa que les salte del alumbre, y luego no temen aquel fuego que devora. Así como una fiera devora a un tierno corderito así las llamas del infierno devoran a un condenado, le devoraran sin consumirle, sin darle muerte, sigue pues insensato, dice San Pedro Damián, hablando del voluptuoso, sigue satisfaciendo a tu carne, que un día llegara en que tus deshonestidades se convertirán en ardiente pez dentro de tus entrañas, y harán más intensa y abrasadora la llama infernal en la cual has de arder.
Y añade San Gerónimo, que aquel fuego se llevara consigo todos los dolores, males que en la tierra nos atribuían, hasta el tormento del hielo se padecerá allí, y todo aquello con gran intensidad que como dice San Crisóstomo, los padecimientos de este mundo, son pálida sombra en comparación de las del infierno. Las potencias del alma recibirán también su adecuado castigo, tormento de la memoria será el vivo recuerdo que en vida tuvo el condenado para salvarse y lo gasto en condenarse, y de las gracias que Dios le dio y fueron por el menospreciadas.

El entendimiento padecerá también, considerando el gran bien que ha perdido, considerando a Dios y al cielo, y ponderando que esa pérdida ya es irremediable. La voluntad vera que se le niega todo lo que desea, el desventurado réprobo no tendrá nunca nada de lo que quiere y siempre ha de tener lo que más aborrezca, es decir males sin fin.
Querrá librarse de los tormentos y disfrutar de paz, pero siempre será atormentado, jamás hallara un momento de reposo. Pero todas las penas referidas, nada son si se compara con las peñas del daño, las tinieblas, el hedor, las llamas, no constituyen la esencia del dolor del infierno. El verdadero infierno es la pena por la pena de haber perdido a Dios para siempre, decía San Bruno, multiplíquense los tormentos con tal que no se nos prive de la presencia de Dios y San Juan Crisóstomo decía, si dijereis mil infiernos de fuego nada dirás comparable al dolor aquel de perder a Dios para siempre.
Y San Agustín añade, que si los réprobos gozasen de la vista de Dios, no sentirían tormento alguno y el mismo infierno se les convertiría en paraíso. Para comprender algo de esta pena consideremos que si alguno pierde por ejemplo, una piedra preciosa que valga cien escudos, tendrá un gran disgusto, pero si esa piedra valiese el doble sentiría la pérdida mucho más, y más todavía si valiera quinientos, en suma cuanto mayor es el valor de lo que se pierde, tanto más se acrecienta la pena que ocasiona el haberlo perdido. Y puesto que los réprobos pierden el bien infinito que es Dios, sienten como dice Santo Tomas, una pena en cierto modo infinita.

En este mundo solamente los justos temen esa pena, San Ignacio de Loyola decía, Señor todo lo sufriré, más no la pena de estar privado de vos. En cambio los pecadores no sienten temor alguno por tan grande perdida, por que se contentan con vivir largos años sin Dios hundidos en tinieblas.
Pero en la hora de la muerte conocer en gran bien que han perdido, el alma que sale de este mundo dice San Antonino, conoce que fue creada por Dios he irresistiblemente vuela, queriéndose abrazarse con el sumo bien, más si esta en pecado Dios la rechaza.
Si lebrel sujeto y amarrado ve cerca de si exquisita casa, se esfuerza con romper la cadena que lo detiene, y trata de lanzarse sobre su presa. El alma al separarse del cuerpo, se siente naturalmente atraída hacia Dios, pero el pecado la aparta y la arroja lejos de Él. Todo el infierno pues se resume en aquellas palabras de la sentencia, apartaos de mi maldito, apartaos dirá El Señor, no quiero que veáis mi rostro, ni aun imaginando mil infiernos podrá nadie concebir lo que es la pena de ser aborrecido de Cristo.
Cuando David impuso a Absalón el castigo de que jamás compadeciese ante él, Absalón sintió un dolor tan profundo que exclamo, decid a mi padre que me permita ver su rostro o me de la muerte. Felipe II viendo que en su corte estaba un hombre con gran irreverencia le dijo severamente, no volváis a presentaros ante mí, y tal fue la confusión y el dolor que sintió ese hombre que llegando a su casa murió. Que será cuando Dios despida al réprobo para siempre.
Esconderé de él mi rostro y hallaran todos los males y aflicciones, nos dice el Deuteronomio 31-17. Y Cristo dirá, no sois ya míos ni yo vuestro.

Aflige un dolor inmenso a un hijo o a una esposa cuando saben que ya nunca volverán a ver a su padre o esposo que acaba de morir, pues si al oír los lamentos del alma de un réprobo, le preguntásemos cual es la causa de su dolor, que sentiría ella cuando nos dijese, lloro porque he perdido a Dios y ya no le veré jamás.
Y si a lo sumo el desdichado pudiese amar a Dios en el infierno y conformarse con la divina voluntad, si eso pudiese hacer, el infierno ya no sería infierno. Ni podrá resignarse si podrá amar a Dios, vivirá odiándole eternamente y ese ha de ser su mayor tormento, conocer que Dios es el sumo bien, digno de infinito amor, y verse forzado de aborrecerle siempre.

Un demonio interrogado por Santa Catalina de Génova le respondía así, soy aquel malvado desposeído del amor de Dios, El réprobo odiara y maldecirá a Dios, y maldiciéndole maldecirá los beneficios que de Él recibió, la creación, la redención, los sacramentos, el bautismo, la comunión, y sobre todo el Santísimo Sacramento del altar, aborrecerá a todos los ángeles y santos, con odio implacable odiara a su ángel custodio, a sus santos protectores y a la Santísima Virgen María.
Maldecidas serán por él, las tres Divinas personas, especialmente las del Hijo de Dios, que murió especialmente por salvarnos y las llagas, trabajos, sangre, pasión y muerte de Cristo Jesús.

Conclusión y Suplicas:

Sois pues Dios mío, sumo bien, el bien infinito y yo tantas veces voluntariamente os he perdido. Sabía yo que con mis culpas os enojaba y perdía vuestra gracia y sin embargo las cometí, ¡ah Señor! Si no supiese que clavado en la cruz moristeis por mí, no me atrevería a pedir y a esperar vuestro perdón.
Oh eterno Padre, no me miréis a mí, mirad a vuestro amado Hijo que por mi ruega y oídle y perdonadme, muchos años hace que merecí verme en el infierno, sin la esperanza de amaros ni recuperar la perdida de aquella gracia infinita que me queréis dar.
Me pesa Dios mío de todo corazón, de las injurias que hice renunciando a vuestra amistad, despreciando vuestro amor por los viles placeres de este mundo.
Antes hubiera muerto mil veces. Como pude estar tan ciego y tan loco.
¡Gracias Señor, que me das tiempo de remediar el mal que cometí, ya que por vuestra misericordia no estoy en el infierno, y todavía puedo amaros, deseo amaros Dios mío!
Os amo bondad infinita, os amo vida y tesoro mío, mi amor y mi todo. Acordaos Señor del amor que me tuviste, y recordadme a mí, el infierno en que debiera hallarme, a fin de que este pensamiento me encienda en vuestro amor, y me mueva a repetir mil veces, que deberás os amo.
Oh María reina y esperanza y madre nuestra, si me viera en el infierno tampoco podría amaros a vos, más ahora os amo Madre mía, y espero que jamás dejare de amar a vos y a mi Dios. Ayudadme y rogad a Jesús por mí.
AMEN.
Y recuerda querido lector, que para cada uno de nosotros Dios ha dispuesto un año en ese año, un mes, en ese mes, un día y ene se día una hora y un minuto donde nos llamara a través de la hermana muerte para juzgarnos, sin misericordia. Que será de tu alma en aquella hora, habrá para ti una eternidad de dichas, inconmensurable cielo para toda la eternidad o la amargura de las llamas que eternamente te abrazaran en el infierno.
Recuerda que solo depende de ti.

Consideración 27.Eternidad del infierno

Si el infierno no tuviera fin, el infierno no sería infierno, la pena que dura poco no es gran pena, si a un enfermo se le saca un tumor o se le quema una llaga, no dejara de sentir vivísimo dolor. Pero como este dolor se acaba en breve, no se le puede tener por un tormento muy grave.
Más seria grandísima tribulación que al cortar o quemar continuara sin tregua semanas, o meses. Cuando el dolor dura mucho aunque sea muy débil se hace insoportable y no ya los dolores sino aun los placeres y diversiones duraderos en demasía, por ejemplo una comedia o un concierto continuado sin interrupción por muchas horas, nos ocasiona insufrible tedio.
Y que, si durasen un mes o un año, que sucederá pues entonces en el infierno, donde no es música ni comedia lo que siempre se oye, ni tampoco leve dolor lo que se padece, ni ligera herida o breve quemadura de candente hierro lo que atormenta, sino el conjunto de todos los males, de todos los dolores, no en tiempo limitado, sino por toda la eternidad.
Esta duración eterna es de fe, no es una mera opinión, sino una verdad revelada por Dios en muchos lugares en las escrituras, apartaos de mi malditos al fuego eterno he irán estos al fuego eterno, pagaran la pena de eterna perdición, todos serán con fuego asolados.
Así como al sal conserva los manjares, el fuego eterno del infierno atormenta a los condenados, y al mismo tiempo sirve, como de sal, conservándoles la vida.

Allí el fuego consume de tal modo, dice San Bernardo, que conserva siempre. Insensato seria, que el que por disfrutar un rato de recreo, quisiera condenarse por veinte o treinta años a estar en una fosa. Si el infierno durase no ya cien años, sino dos o tres nada más, todavía seria gran locura que por un instante de placer, nos condenásemos por esos dos o tres años de gravísimos tormentos. Pero no se trata ni de cien, ni de mil, ni de un millón de años se trata de padecer para siempre, para siempre terribles penas, para siempre dolores sin fin, males espantosos para siempre, sin alivio de ninguna clase. Con razón pues, aun los santos gemían y temblaban mientras subsistía con la vida temporal el peligro de condenarse. El bienaventurado Isaías, ayunaba y hacia penitencia en el desierto, y se lamentaba exclamando, ay infeliz de mi, que no estoy libre de las llamas infernales.
El que entra en el infierno, jamás saldrá de allí, por este pensamiento temblaba el rey David cuando decía, ni me trague el abismo, ni el pozo cierre sobre mí la boca. Apenas se hunda el condenado a ese pozo de tormento, se cerrara la entrada y no se abrirá nunca.

Puerta para entrar hay en el infierno, más no para salir y explicando las palabras del salmista escribe, no cierra la boca el pozo porque se cerrara en lo alto y se abrirá en lo profundo cuando reciban a los réprobos. Mientras vive, el pecador puede conservar alguna esperanza de remedio, pero si al muerte le sorprende en pecado acabara para el toda esperanza, y si a lo menos pudiesen los condenados forjarse alguna engañosa ilusión que aliviane esa desesperación horrenda, el pobre enfermo llagado e impedido, postrado en el lecho y desahuciado de los médicos, tal vez se ilusiona y consuela pensando que ha de llegar algún doctor o algún remedio que ha de curarlo. El infeliz condenado a cadena perpetua busca también alivio al pensar en la remota esperanza, de huir y libertarse.
Si lograse siquiera el condenado engañarse así, pensando que algún día podrá salir de la prisión, más no, en el infierno no hay esperanzas. Ni cierta ni engañosa, no hay allí un quien sabe consolador, el condenado vera siempre en si su sentencia que le obliga a estar perpetuamente lamentándose, en aquella cárcel de dolores. Unos para la vida eterna y otros para el oprobio, para que lo vean siempre. El réprobo no solo padece lo que ha de padecer a cada instante sino que en todo momento, la pena de la eternidad.

Roguemos pues al Señor como rogaba San Agustín, quema y corta y no perdones aquí, para que perdones en la eternidad, los castigos de esta vida transitorios son, tus saetas pasan dice el salmo 76, la voz del trueno va en rueda por el aire, pero los castigos de la otra vida no acaban jamás.
Es muy saludable tenerles miedo, temamos la voz de trueno con que el supremo juez pronunciara en el día del juicio su sentencia, contra los condenados, apartaos de mi malditos, al fuego eterno.
Dice la escritura en rueda, porque esa curva es símbolo de la eternidad que no tiene fin, grande es el castigo del infierno pero lo más terrible de él, es irrevocable, más donde, dirá el incrédulo, donde está la justicia de Dios, al castigar con pena eterna un pecado que solo ha durado un instante. Y como, responderemos, como se atreve el pecador por el placer de un instante, a ofender a un Dios de majestad infinita. Aun en el juicio humano, la pena se mide no por la duración, sino por la calidad del delito, no porque el homicidio se cometa en un momento, ha de castigarse con la pena momentánea.

Para el pecado mortal, un infierno es poco, a la ofensa de la majestad infinita de Dios, debe corresponder un castigo infinito, dice San Bernardino de Sena, y como al criatura, dice el angélico doctor, no es capaz de recibir pena infinita en intensidad, justamente hace Dios que esa pena sea infinita en duración.
Además la pena debe ser necesariamente eterna, porque el réprobo no podrá jamás satisfacer por su culpa, en este mundo puede satisfacer el pecador penitente en cuanto se le apliquen los meritos de Jesucristo, pero el condenado no participa de esos meritos, y por tanto no pudiendo ya nunca satisfacer a Dios, siendo eterno el pecado, eterno también ha de ser el castigo. Allí la culpa podre ser castigada, pero jamás podrá ser castigada, porque como dice San Agustín, allí el pecador no podrá arrepentirse, y por eso el Señor estará siempre aireado contra él, y aun dado el caso de que Dios quisiese perdonar al réprobo, este no querría el perdón porque su voluntad obstinada y rebelde a quedado confirmada en odio contra Dios.

Dice el Papa Inocencio III, los condenados no se humillaran, antes bien la malignidad del odio crecerá siempre en ellos, y San Gerónimo afirma, que en los réprobos el deseo de pecar es insaciable, la herida de tales desventurados no tiene curación ellos mismos se niegan a sanar.
En la vida del infierno, al muerte es lo que más se desea, buscaran la muerte y no la hallaran, desearan morir y la muerte huira de ellos, por lo cual exclama san Gerónimo, oh muerte cuan grata serias a los mismos a los que fuiste tan amarga, y David dice en el salmo 48, que la muerte se apacentara con los réprobos.
Y San Bernardo lo explica que así como al pasear a los rebaños comen las hojas de las hierbas, y dejan la raíz, así la muerte devora a los condenados, los mata a cada instante y a la vez les conserva la vida para seguir atormentándolos con eterno castigo. De suerte decía San Gregorio que el réprobo muere continuamente sin morir jamás, cuando un hombre le mata el dolor las demás personas se compadecen, pero el condenado no tendrá quien le compadezca, estará por siempre muriendo de angustia y nadie le compadecerá.
El emperador Zenón, que fue sepultado vivo en una fosa, gritaba y pedía por piedad que le sacaran de allí, más no le oyó nadie y le hallaron después muerto en ella, y las mordeduras que en el brazo sin duda se había hecho patentizaron la horrible sensación que le había acontecido.

Pues los condenados exclama San Cirilo de Alejandría, gritan en la cárcel del infierno, pero nadie nunca jamás se compadecerá de ellos. Y cuanto durara tanta desdicha, durara siempre.
Refierese en los ejercicios espirituales del padre Ceñeri que en Roma se estudio a un demonio que estaba en el cuerpo de un poseso, y le preguntaron hace cuanto tiempo que él está en el infierno, y les respondió con rabiosa desesperación, siempre, siempre. Fue tal la desesperación de los circunstantes que muchos jóvenes del seminario Romano, hicieron confesión general y mudaron de vida, convertidos por aquel breve sermón, que tan solo tuvo dos palabras, siempre, siempre.

Infeliz Judas, más de mil novecientos años han pasado de que está en el infierno, y sin embargo diríase que ahora acaba de empezar su castigo. Desdichado Caín, cerca de seis mil años lleva en el suplicio del infierno y puede decirse que aun se halla en el principio de su pena.
Un demonio a quien ha sido preguntado, hace cuanto que está en el infierno, respondió, desde ayer, y como se le replico que no podía ser así, por ya habían pasado cinco mil años desde su condenación, exclamo, si supiereis lo que s la eternidad comprenderías que en comparación de ella cincuenta siglos no es ni un instante. Si un ángel dijera a un réprobo, saldrás del infierno cuanto haya pasado tantos siglos, como gotas hay en las aguas de la tierra, hojas de los arboles y arena en el mar, el condenado se regocijaría tanto como un mendigo que recibiese la nueva de que debía ser rey. Porque pasaran todos esos millones de siglos y otros innumerables después y conto el tiempo de duración del infierno recién estará comenzando.

Los réprobos le pedirían a Dios que les acrecentara en extremo la intensidad de sus penas y que las dilatase cuanto quisiera, con tal que le pusiese fin por remoto que este fuese, pero ese término y límite no existen y no existirán, la voz de la Divina justicia solo repite en el infierno, las palabras, para siempre jamás.
Por burla preguntaran a los condenados los demonios, va muy avanzada la noche, ¿cuándo amanecerá, cuando acabaran, esas voces, esos llantos, los tormentos, las llamas y ese hedor? Los infelices dirán, ¡nunca jamás! Pero cuanto durara esto, para siempre.

Concluión y súplicas:

Señor ilumina a tantos ciegos que cuando se les insta para que no se condene, dejadnos, si he de condenarme e ir al infierno que le debo hacer, paciencia. Dios mío, no tienen paciencia para soportar a veces las molestias del calor o frio, ni sufrir un golpe y la tendrán después para padecer las llamas de un mar de fuego, los tormentos diabólicos, el abandono absoluto de Dios y de todos para toda la eternidad.

Oh Padre de las misericordias, vos nunca abandonas a los que os busca, si en la vida pasada tantas veces me aparte de vos y no me abandonasteis no me dejes ahora que a vos acudo. Me pesa o sumo bien de haberos menospreciado, de haber despreciado vuestra gracia trocándola por cosas tan poco valor, mirad las sagradas llagas de vuestro Hijo, oíd su voz que demanda perdón para ti y perdonadme Señor. Y tu redentor mío recuérdame siempre los trabajos que por mi pasaste, el amor que me tienes y mi vil ingratitud, por la cual tan a menudo he merecido condenación eterna, a fin de que yo llore mis culpas y viva entregado a tu amor. Jesús mío, como no he de arder en tu amor al pensar que muchos años atrás debiera arder en las llamas del infierno por la eternidad y que tú moriste al librarme de ellas y con tan gran clemencia me perdonaste y me libraste, si estuviese hoy en el infierno, te aborrecería eternamente, pero ahora te amo, y deseo seguir siempre amándote pero por los meritos de tu preciosa sangre que así me lo concederás, vos Señor me amáis, yo también os amo, y me amareis siempre si de vos no me aparto. Libradme Salvador mío de esa gran desdicha de apartarme de vos y haced de mi los que os agrade, merecedor soy de todo castigo y gustoso lo acepto con tal que no me privéis de vuestro amor.
Oh María Santísima, amparo y refugio mío, cuantas veces me he condenado yo mismo al infierno, y vos me habéis librado de él, libradme desde ahora de todo pecado, causa única que me puede arrebatar la gracia de Dios y arrojarme al infierno.
Amén.
Y recuerda querido lector, que aunque quisiéramos sacarlo de la mente, que aunque en ello no queramos pensar día a día, corremos hacia el encuentro con la muerte y será entonces el momento de ingresar en una dicha eterna o en una eternidad de tormentos sin fin. ¡Recuerda que solo depende de ti!

 

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