“Lo que tengas que hacer, hazlo pronto”

Y tras el bocado (la Eucaristía), en ese momento, entró en él Satanás.

Jesús entonces le dijo: “Lo que tengas que hacer, hazlo pronto”.

Juan XIII, 27

Estamos viviendo un tiempo de esperanza.

El lector habitual tal vez pueda sorprenderse. La Esperanza es una virtud sobrenatural que sostiene nuestro deseo de ir al cielo y alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. En este sentido, todos los momentos de la historia son de esperanza.

Pero apartándonos en cierto modo de la definición estrictamente teológica, aunque sostenidos por ella, se puede hablar de la esperanza en sentido más humano: hay etapas de la cristiandad de grandes triunfos. Para nosotros todo eso pertenece al pasado. Desde hace siglos, la Iglesia y el orden social cristiano van retrocediendo, hasta llegar, en las últimas décadas al borde del abismo.

Siempre nos sostiene la Esperanza sobrenatural, pero una cosa es esa Esperanza en sí y otra encarnada en los hechos históricos, como por ejemplo antes y después de la batalla de Lepanto. Antes era, tal vez más puramente, sobrenatural. Luego se convirtió en la prueba tangible del poder de Dios para dirigir la historia en un sentido contrario a lo que todos preveían, normalmente concediendo estos triunfos cuando las causas segundas, es decir, lo que el hombre hace para alcanzarlos, mueven su Misericordia y le dan la victoria.

Profundizando el vastísimo tema que plantea Fátima, en estas vísperas del centenario, se tiene la impresión de que los católicos en general, los buenos y fieles, conocen solamente de un modo superficial lo que allí comenzó. Y para muchos es un devoción más. Pero no es así.

Cuanto más se ahonda, más se advierte que Fátima es la inauguración de los tiempos finales de la historia. Inclusive si en La Salette las profecías fueron crudas y explícitas: “Roma perderá la Fe y se convertirá en la sede del Anticristo”. Fátima, cuyo mensaje puede sospecharse hoy con fundamentos no ha sido completamente revelado, fue, sí, ratificado por la santidad extraordinaria de los videntes (extraordinaria inclusive si se la compara con los santos de toda la historia en el caso de los niños), por la certeza de sus profecías, por el papel que ha tenido como advertencia para evitar la crisis final de la Iglesia (el mensaje debía revelarse en 1960) y por lo que aún no se ha cumplido, pero que en el texto que sor Lucía nos ha dejado queda en forma asertiva: “Finalmente mi Corazón Inmaculado Triunfará”.

Promesa no condicionada. Como no fue condicionada la promesa de realizar el gran milagro, el del Sol, en octubre de 1917, ante creyentes e incrédulos, piadosos e impíos. Visto por decenas de miles de personas, en un radio de más de 50 kms. en torno de la Cova de Iría.

Ciertamente, los milagros deben merecerse. Nuestro Señor los realizó solo a pedido de los que humildemente podían recibirlos o por su propia voluntad, cuando las multitudes de pecadores ponían su esperanza en ese extraordinario profeta que luego descubrieron era el Mesías, el Hijo de Dios Vivo. “Tu fe te ha salvado”. “Ve y no peques más”. No realizó milagros ante Herodes, ni ante Pilatos ni mucho menos ante los fariseos al pie de la Cruz.

Vivimos la Crucifixión de la Iglesia. Se atisba su Resurrección aunque todavía habrá muchos momentos terribles, sin duda, por los que hemos de atravesar.

Hoy, los planes de destrucción de la Iglesia están puestos en jaque por diversas circunstancias que parecían impensables hace algunos años atrás. Tan impensable como que llegara al pontificado un personaje tan particular como Bergoglio. A quien curiosamente, en Buenos Aires, muchos católicos apodaban “Judas”, para escándalo de otros muchos.

Hoy esta impresión de un Bergoglio-Judas se ha extendido a todo el mundo. No es solo el pánico que reina en la Santa Sede entre los miembros de los dicasterios y comisiones, de alto y de bajo rango. Es también el espionaje (ya practicado con frecuencia en Buenos Aires) de los profesores de las distintas universidades de Roma que deben alinearse sin reservas con la orientación de Amoris Laetitia, la gran piedra con la que ha tropezado Francisco.

Los mismos periodistas, hasta las agencias internacionales, que suelen guardar notable silencio sobre estos temas, lamentan el destrato y la censura de las preguntas que “no son amigables”, es decir, las que se refieren al katejon, al gran obstáculo para el triunfo de la doctrina kasperiana con la que Francisco se ha embanderado, planteado tan sencillamente por unos cardenales.

¿Qué causó esta zozobra en Francisco y en su entorno de confianza que lo ha llevado a decir cosas impensables, como que los que se empeñan en mantener la doctrina tradicional y quienes los apoyan son espiritualmente “coprófagos”. Sí, ya lo sabemos: las dubia de los cuatro (o seis, o treinta según los últimos datos) cardenales que apoyan el derecho de plantearlas y la necesidad de responderlas.

¿Por qué no responderlas y ya? ¿Para qué gastar tanta energía en denostar a cuatro cardenales que piden aclaraciones doctrinales? ¿Para qué aludirlos tan groseramente en la prensa mundial? ¿Para qué dedicarles todo el discurso del Papa a la Curia Romana de estos días con motivo del fin de año, que en esta ocasión se centró exclusivamente en “la resistencia” a sus cambios definida como una tentación del Demonio?

El motivo es sencillísimo, como lo es el Evangelio. Si Francisco responde en el sentido kasperiano, queda expuesto a ser declarado hereje formal. Si responde en sentido tradicional, sus promotores y sostenedores lo abandonarían a su suerte. Los poderes del mundo, con los que tan bien se lleva, no le perdonarían un paso atrás, ni por razones estratégicas. Quizás él mismo, aunque pudiera, no estaría dispuesto a darlo.

Francisco está entre la espada y la pared.

Cuanto más demore en responder, mayor será el poder de la oposición a sus desvaríos doctrinales. Más tiempo tendrán las fuerzas conservadoras y tradicionales para articular una presión insoportable. El Card. Burke, con su habitual serenidad, ha dicho que considera conveniente hacer una “corrección fraterna” (presentar un documento firmado por ¿cuántos? cardenales y obispos corrigiendo los errores doctrinales de su Exhortación Apostólica e invitándolo a retractarse de ellos. Y también que el tiempo adecuado sería el de Epifanía. Es decir, se le ha sugerido un ultimátum.

El rechazo de esta corrección produciría un efecto jurídico. El papa Francisco pasaría de la herejía material a la herejía formal, según la opinión de los más respetados doctores de la Iglesia a través de la historia. Luego viene una instancia todavía discutida. ¿Se lo debe deponer? ¿Se debe declarar su renuncia al oficio petrino a causa de su herejía y como tal establecer que la Sede ha quedado vacante y procede elegir otro papa? Son las opiniones más comunes de los doctores. El Card. Burke ha dado a entender que apoya la segunda opinión: se debe dejar el gobierno de la Iglesia en manos de quien habitualmente sustituye al Papa durante la transición de la Sede Vacante.

¿Quién podía imaginar a un conjunto de cardenales diciendo públicamente estas cosas apenas unos meses atrás? Esta novedosa intrepidez –¡bendita sea!- se hace presente apenas a pocos meses del centenario de Fátima. Los tradicionalistas la han reclamado, al menos la corrección fraterna, desde hace décadas, sobre materias doctrinales gravísimas.

La visión del Secreto de Fátima nos habla de dos obispos. Uno que parecía ser el papa, otro que lo era. Uno de ellos es muerto por los enemigos de la Iglesia mientras camina por las ruinas de una ciudad, en medio de cadáveres de clérigos y fieles. Dos ángeles proclaman la necesidad de “Penitencia” tres veces, mientras recogen en sendos cálices la sangre de los mártires que procede de los brazos de una tosca cruz.

“Finalmente, Mi Corazón Inmaculado triunfará. El papa consagrará Rusia, que se convertirá. Le será dado al mundo un cierto tiempo de paz”.

¿Estamos entrando por fin en ese momento? Yo creo que sí. Y eso es un motivo de alegría y esperanza. Si para llegar a él, como para llegar a la Redención, es necesario que alguien entregue a Cristo a las manos de sus enemigos (algo que está sucediendo desde hace mucho, pero más claramente ahora), y ese agente del mal es Francisco, “lo que deba hacer, que lo haga pronto”. Si por el contrario, su retractación y su vuelta al camino de la Fe fuera un milagroso designio de Dios, y el motivo para que sufriera el martirio, también rogamos que haga pronto lo que deba hacer.

Aclaración. Los lectores inadvertidos pueden pensar que estos hechos referidos son vaticanoficción. Cada afirmación tiene fundamento en noticias comprobadas. La prensa en general y la TV en particular, formadora de la agenda de las “cosas que pasan”, ha guardado astuto silencio sobre estos temas, o los trata al pasar con una mirada ignorante o sesgada. Los hechos, sin embargo, parecen inminentes.

 

 

fuente: http://panoramacatolico.info/articulo/lo-que-tengas-que-hacer-hazlo-pronto

Profecia MDM del los finales de los tiempos: http://jesushabla.lasantabiblia.com.ar/

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JESUS POR MARIA

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