Las siete penas del infierno reveladas a Santa Faustina Kowalska

Dios le ordenó divulgarlo, aunque hoy no se habla de ello.

 

Hoy en día existe un supuesto tácito de que “todos” van al cielo, y quizás alguno al purgatorio. La teología del fuego y el azufre no está ciertamente de moda, y nunca ha sido confortable. La afirmación, ya de por si atrevida, de que “esperamos que todos los hombres se salven”, ha dado paso a “¿cómo te atreves a sugerir que no todos los hombres serán salvos?”. Veamos lo que le fue revelado a Santa Faustina Kowalska.

 

 

¿Cuándo fue la última vez que sintió a un sacerdote católico predicar sobre el infierno? Si le pasa como a la mayoría, tal vez nunca. Y si se acerca a alguno para preguntarle por qué no lo hace, obtendrá dos respuestas directas y tal vez haya otra que nunca se la dará.

Una respuesta directa está relacionada con que el infierno es una alegoría, que es un tema a discusión, etc., aunque dira paralelamente que el infierno forma parte de la doctrina de la Iglesia. Y si se topa con un modernista y tiene un poco más de confianza con él, le dirá que el infierno no existe, y si existe, que está siempre vacío por la infinita misericordia de Dios.

Otra respuesta es que no predica sobre el infierno porque hay gente que se asusta, y San pablo insiste en no escandalizar a los pequeños.

Y otra razón por la cual no lo predica, pero que no se la dirá, es porque está mal visto en la jerarquía hablar sobre el infierno. Aunque quizás las cosas pueden comenzar a cambiar a partir del papa Francisco.

Pero lo importante de esto es que, según Faustina, Dios le pidió que divulgara las penas del infierno a sus habitantes.

LAS 7 TRATAMIENTOS COLECTIVOS QUE LE REVELARON

A pesar de que no se predique sobre el infierno, las dos revelaciones más importantes del siglo XX (a los niños de Fátima y a Santa Faustina) enfatizan que el infierno existe y que el infierno está habitado por demonios y seres humanos.

A continuación se muestra la visión de Santa Faustina del infierno que Cristo le reveló. Es tan vívida como producida por Dante. Lo que sigue es tomado de la revista de Santa Faustina:

Hoy, fui llevada por un ángel a los abismos del infierno. ¡Es un lugar de gran tortura, cómo asombrosamente grande y extenso!

Los tipos de torturas que vi:

-la primer tortura del infierno es la pérdida de Dios;

-la segunda es el remordimiento perpetuo de la conciencia;

-la tercera es que la condición de uno nunca cambiará;

-la cuarta es el fuego que penetra el alma sin destruirla, un sufrimiento terrible, ya que es un fuego completamente espiritual, encendido por la ira de Dios;

-la quinta es la continua oscuridad y un terrible olor sofocante, pero a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven unos a otros, su propia alma y la de los demás;

-la sexta es la compañía constante de satanás;

-la séptima es la horrible desesperación, el odio a Dios, las palabras viles, maldiciones y blasfemias.

TAMBIÉN HAY TRATAMIENTOS ESPECIALES

Las mencionadas antes son las torturas sufridas por todos los condenados juntos, pero que no es el fin de los sufrimientos. Hay torturas especiales destinadas para las almas en particular. Estos son los tormentos de los sentidos.

Cada alma padece sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionados con la manera en que ha pecado. Hay cavernas y hoyos de tortura donde una forma de agonía difiere de otra.

Me habría muerto con la simple visión de estas torturas si la omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido. Que el pecador sepa que va a ser torturado por toda la eternidad, en esos sentidos que fueron usados para pecar.

DIOS LE ORDENÓ DIVULGARLO

Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma pueda encontrar una excusa diciendo que no hay infierno, o que nadie ha estado allí, y por lo tanto nadie puede decir que no sabe.  (Esto es similar a la visión del infierno y la advertencia de Nuestra Señora en Fátima.)

Lo que he escrito no es más que una pálida sombra de las cosas que vi. Pero me di cuenta de una cosa: que
 la mayoría de las almas que hay no creen que haya un infierno. ¡Cuán terriblemente sufren las almas allí!  En consecuencia, pido aún más fervientemente por la conversión de los pecadores. (Diario de Santa Faustina, 741)

Vamos a confiar en Cristo, orar, arrepentirnos de nuestros pecados, amar a Dios y al prójimo y adherir a la fe verdadera “sin la cual es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6).

Santa Faustina, ruega por nosotros.

Jesús, nuestra Divina Misericordia, ten piedad de nosotros.

Una bella leyenda

Existe en Noruega una bella leyenda.

Una mañana muy de mañana, el ángel vigilante nocturno del paraíso se presentó delante del trono de Dios y pidió permiso para hablar.

—¿Ocurre alguna novedad? —le dijo el Altísimo.

—Señor, contestó el ángel, un grupo de santos se ha levantado iracundo de sus tronos, ha arrojado violentamente la corona que llevaban en la cabeza y, en actitud de protesta, se han ido al confín del paraíso.

—¿De qué protestan?

—Dicen que un alma santa se la ha sepultado en el infierno.

—Veamos, dijo el Señor.

Se levantó el Señor y, precedido del ángel, cruzó, con asombro de los bienaventurados, todas las estancias celestiales hasta llegar al confín del cielo, desde cuyo brocal se atisbaba, en el fondo tenebroso el lugar horrible donde sufren eternamente los condenados. Junto al brocal estaban los santos en actitud de protesta y rebeldía. Preguntó el Señor la causa de su conducta. Por todos habló uno, repitiendo exactamente las palabras del ángel.

—Bien —dijo el Señor, por una vez hagamos una excepción.

El Señor dio orden al ángel de que bajara al infierno y rescatara al «alma santa». Se lanzó el ángel al abismo, abrió sus alas y fue descendiento lenta y majestuosamente. A medida que descendía se iluminaban las regiones oscuras. Por fin se llegó a ver claramente el fondo mismo de la sima donde los proscritos se agitaban entre dolores horrendos.

Al ver el ángel, comprendieron que se trataba de rescatar a alguno, y todos pugnaban por ser los afortunados.

Planeó el ángel sobre aquel agitado e inmenso mar de cabezas hasta que descubrió la persona que buscaba. Con rápido movimiento la tomó por la cintura y la sacó de la muchedumbre de los atormentados. A pesar de la rapidez de su acción, no pudo evitar el ángel que otras almas se agarraran al alma privilegiada y en raciomo surgieran todas hacia la altura del paraíso.

La persona elegido no vio con buenos ojos que otras participasen de su ventura. Y se agitaba violentamente, obligando a las otras almas a caer de nuevo una a una en el abismo. Ya estaba el ángel cerca del brocal desde donde le contemplaban los santos rebeldes. Sólo un alma había logrado continuar asida el alma santa. Pero en un movimiento más violento de ésta obligó a aquella desgraciada a desprenderse también y a caer en el infierno danto horribles alaridos. Mas, en el instante en que la última alma se desprendió de la que había de ser favorita el ángel alzó su brazo y dejó que aquella «alma santa» cayera de nuevo en la mansión del dolor.

Los santos que contemplaban la escena quedaron espantados. Se volvieron al Señor, el cual, clavando en ellos una durísima mirada, les dijo con voz severa: «Un juicio sin misericordia para aquellos que no saben tener misericordia».

El infierno existe y podríamos ir ahí

El infierno existe y podríamos ir ahí!
Fátima y la visión del infierno

Padre Marcel Nault [1] (1927-1997)

Discurso pronunciado por el Padre Marcel Nault en la Conferencia Mundial de Paz de Obispos Católicos, en Fátima, Portugal, en el año 1992. Este discurso causó tal impacto que después de la conferencia, algunos Obispos pidieron al Padre Nault que escuchara sus confesiones.

Nuestro Señor Jesucristo vino a la tierra por un motivo, para salvar a las almas del Infierno. Enseñar la realidad del Infierno es la tarea más importante e ineludible de la Santa Iglesia Católica. Uno de los grandes Padres de la Iglesia, San Juan Crisóstomo, continuamente enseñaba que Nuestro Señor Jesucristo predicaba con más frecuencia sobre el Infierno que sobre el Cielo. Algunos piensan que es mejor predicar sobre el Cielo. No estoy en acuerdo. Predicar sobre el Infierno produce muchas más y mejores conversiones que las obtenidas con la mera predicación sobre el Cielo.

San Benito, el fundador de los Benedictinos, al estar viviendo en Roma el Espíritu Santo le dijo: “Tú vas a perder tu alma en Roma e irás al Infierno”. Él dejó Roma y se retiró a vivir en el silencio y la solicitud fuera de Roma para meditar sobre la vida de Jesús y el Santo Evangelio. San Benito huyó de todas esas ocasiones de pecado de la Roma pagana. Él oró, se sacrificó por sí mismo y por los pecadores. El Espíritu Santo difundió la noticia de su santidad. Como resultado, la gente lo visitaba para ver, escuchar y seguir su ejemplo y consejo. San Benito se apartó por sí mismo de toda ocasión de pecado y alcanzó la santidad. La Santidad atrae a las almas.

¿Por qué piensan que San Agustín cambió su vida? ¡Por temor al Infierno! Yo predico con frecuencia sobre la trágica realidad del Infierno. Es un dogma católico que sacerdotes y obispos ya no predican más. El Papa Pío IX, que pronunció los dogmas de la Infalibilidad del Papa y el de la Inmaculada Concepción de María, y que también emitió su famoso Sílabo condenatorio contra los errores y herejías del mundo moderno, solía pedir a los predicadores que enseñaran a los fieles con mayor frecuencia sobre las Cuatro Postrimerías, en especial sobre el Infierno, así como él mismo daba ejemplo predicando. El Papa pidió esto porque la meditación sobre el Infierno genera santos.

Los santos temen al Infierno

Aquí nos encontramos con algo curioso, los santos temen ir al Infierno pero los pecadores no sienten tal temor. San Francisco de Sales, San Alfonso María Liguorio, el Santo Cura de Ars, Santa Teresa de Ávila, Santa Teresita del Niño Jesús, tuvieron miedo de ir al Infierno. San Simón Stock, el Superior General del Carmelo, sabía que sus monjes tenían miedo de ir al Infierno. Sus monjes ayunaban y hacían oración. Vivían recluidos, separados del peligroso mundo dominado por Satanás. Aún así tenían miedo de ir al Infierno. En 1251, Nuestra Señora del Monte Carmelo se apareció en Aylesford, Inglaterra, a San Simón Stock. Ella le dijo: “No teman más, te entrego una vestidura especial; todo el que muera llevando esta vestidura no irá al Infierno”. Yo llevo puesto mi Escapulario del Carmen bajo mis vestiduras y llevo otro en mi bolsillo porque nunca sé cuándo la gente me pedirá que les hable sobre el Infierno o el Escapulario del Carmen.

María dijo al sacerdote dominico, el beato Alán de la Roche, “Yo vendré y salvaré al mundo a través de Mi Rosario y Mi Escapulario”. Uno no puede especializarse en todo y enseñar sobre todo; uno debe elegir. Yo creo que ésta es la voluntad de Dios: que yo predique sobre el Infierno. Un Moseñor, mi superior hace tiempo, me dijo en una ocasión: “Predicas con demasiada frecuencia sobre el Infierno y eso asusta a la gente”. Él agregó: “Marcel, yo nunca he predicado sobre el Infierno, porque a la gente no le gusta. Tú los asustas”. En un tono muy amistoso, Monseñor me dijo en su oficina: “Marcel, yo nunca he predicado sobre el Infierno y nunca lo haré, y mira qué agradable y prestigiada posición he alcanzado”. Yo guardé un largo silencio, luego lo mire a los ojos. “Monseñor”, le dije, “usted está en la vía del Infierno para toda la eternidad. Monseñor, usted predica para complacer al hombre, en lugar de predicar para complacer a Cristo y salvar a las almas del Infierno. Monseñor, es un pecado mortal de omisión el rehusarse a enseñar el Dogma Católico sobre el Infierno”. Cuando Dios envió Profetas en el Antiguo Testamento, fue para recordarle al hombre que regresara a la verdad, que regresara a la santidad. Jesús vino, predicó y envió a sus Apóstoles al mundo para predicar el Santo Evangelio. La Serpiente vino y difundió su veneno a través de herejías, pero Jesús envió a su Amadísima Madre, la Reina de los Profetas: “Ve a la tierra y destruye las herejías”. Los Padres de la Iglesia han escrito que la Madre de Dios es el martillo de las herejías. Si se toman el tiempo de estudiar con gran atención el mensaje de Nuestra Señora de Fátima, notarán que es un mensaje de lo más trágico y profundo, que refleja las enseñanzas del Santo Evangelio.

Las Lecciones dadas en Fátima

El resumen del Mensaje de Fátima es, que el Infierno existe. Que el Infierno es eterno y que iremos ahí si morimos en estado de pecado mortal. “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” Nuestra Señora vino y nos dijo que podemos salvarnos a través de sus dos divinos sacramentos de predestinación: el Santo Rosario y el Escapulario del Carmen. También manifiesta un énfasis especial sobre la Devoción a su Inmaculado Corazón y la Devoción de los Primeros Cinco Sábados. En la primera aparición del Ángel de Portugal en el Cabeco, en mayo de 1916, el Ángel vino a los tres niños y les mostró cómo adorar a Dios con la oración: “Dios mío, yo creo, adoro, espero y Te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni adoran, ni esperan y no Te aman”. El Ángel oró esta oración mientras se postraba con la frente en el suelo. El Ángel de Fátima les había mostrado a los tres niños en el orden de las oraciones, qué es lo primero. Primero, uno debe adorar a Dios y después orar a los santos. Primero Dios, las criaturas después. El Ángel de Fátima mostró al hombre que debe adorar a Dios y orar ante Él de rodillas. Cuanto más conoce el hombre a Dios, más se humilla ante Dios su Creador.

El gran Obispo francés Bossuet dijo: “El hombre en verdad se engrandece cuando está de rodillas”. Sí, el hombre realmente se engrandece cuando se arrodilla ante su Creador y Redentor, Jesús, en el Santísimo Sacramento. El Ángel de Fátima vino a enseñarles a los tres niños que nuestro primer deber, de acuerdo con el Primer Mandamiento, es adorar a Dios. En su tercera aparición en el Cabeco, el Ángel de Portugal vino con un Cáliz en su mano izquierda y una Hostia en la mano derecha. Los niños se preguntaban qué estaba pasando. El Ángel milagrosamente suspendió el Cáliz y la Hostia en el aire y se postró en tierra y recitó una oración Trinitaria de profunda adoración: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Te adoro profundamente y Te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación de todas las ofensas, sacrilegios, abandonos e indiferencias con Él mismo es ofendido y por los méritos infinitos de su Sacratísimo Corazón y por la intercesión del Inmaculado Corazón de María, Te pido la conversión de los pobres pecadores”.

Dios desea que Le adoremos de rodillas. ¿Nos arrodillamos en adoración y oración ante Jesús en el Santísimo Sacramento? Debemos hacerlo. Cuando los tres Reyes Magos de Oriente fueron a Belén y entraron en donde estaba el Niño Jesús, se postraron frente a Él para adorarlo de rodillas. Tenemos este ejemplo en las Escrituras y del Ángel de Fátima, que Dios quiere que Le adoremos de rodillas.

El Reforzamiento de los Dogmas Católicos

Un año más tarde, el 13 de mayo de 1917, los niños vieron a una jovencita aparecerse ante ellos. Era la primera aparición de Nuestra Señora. Lucía le preguntó: “¿De dónde vienes?” Ella le contestó: “Vengo del Cielo”. El Dogma Católico de la existencia del Cielo. Los niños preguntaron: “¿Iremos al Cielo?” Ella contestó: “Sí, irán al Cielo”. Entonces preguntaron: “¿Nuestras dos amiguitas están en el Cielo?” María les contestó: “Una de ellas, sí”. Los niños preguntaron: “¿Dónde está la otra chica? ¿Está en el Cielo?” María les contestó: “Ella está en el Purgatorio y lo estará hasta el fin del mundo”. Esta chica tenía unos 18 años de edad. Un segundo Dogma Católico, el Purgatorio existe y prevalecerá hasta el fin de este mundo. La Madre de Dios no puede mentir. El Ángel de Fátima enseñó a los tres niños cómo adorar a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Este es un reforzamiento del Dogma de la Santísima Trinidad, el mayor de todos, sin el cual la Cristiandad no podría permanecer. Debemos adorar a las Tres personas de la Santísima Trinidad.

Una Visión del Infierno

El viernes 13 de julio de 1917, Nuestra Señora se apareció en Fátima y les habló a los tres pequeños videntes. Nuestra Señora nunca sonrió. ¿Cómo podía sonreír, si en ese día les iba a dar a los niños la visión del Infierno? Ella dijo: “Oren, oren mucho porque muchas almas se van al Infierno”. Nuestra Señora extendió sus manos y de repente los niños vieron un agujero en el suelo. Ese agujero, decía Lucía, era como un mar de fuego en el que se veían almas con forma humana, hombres y mujeres, consumiéndose en el fuego, gritando y llorando desconsoladamente. Lucía decía que los demonios tenían un aspecto horrible como de animales desconocidos. Los niños estaban tan horrorizados que Lucía gritó. Ella estaba tan atemorizada que pensó que moriría. María dijo a los niños: “Ustedes han visto el Infierno a donde los pecadores van cuando no se arrepienten”.

Un Dogma Católico más, la existencia del Infierno. El Infierno es eterno. Nuestra Señora dijo: “Cada vez que recen el Rosario, digan después de cada década: Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del Infierno, lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Tu misericordia”. María vino a Fátima como profeta del Altísimo para salvar a las almas del Infierno. El patrono de todos los pastores, San Juan María Vianney, solía predicar que el mayor acto de caridad hacia el prójimo era salvar su alma del Infierno. Y el segundo acto de caridad es el aliviar y librar a las almas de los sufrimientos del Purgatorio. Un día en su pequeña iglesia (donde hasta este día se conserva su cuerpo incorrupto), un hombre poseído por el demonio se le acercó a San Juan María Vianney y le dijo: “Te odio, te odio porque arrebataste de mis manos a 85 mil almas”. Eminencias, Excelencias, Sacerdotes, cuando seamos juzgados por Jesús, Jesús nos hará una sola pregunta: “Yo te constituí Sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, ¿cuántas almas salvaste del Infierno? San Francisco de Sales, de acuerdo con estadísticas, ha convertido, y probablemente salvado, a más de 75 mil herejes. ¿Cuántas almas has salvado tú? Cuando leemos a los Padres de la Iglesia, a los Doctores de la Iglesia y a los santos, uno se estremece ante una realidad: todos ellos enseñaron el Evangelio de Jesús y sobre las Cuatro Postrimerías: Muerte, Juicio, Infierno y Paraíso. Todos han predicado el Dogma Católico del Infierno porque cuando meditamos en el destino de los condenados, no deseamos ir al Infierno. No es mi intención criticar a los Obispos, pero debo confesar esta verdad. En mis 30 años de sacerdocio, es triste reconocer que nunca he visto, ni escuchado, que un Obispo, aún mi Obispo o cualquier otro Obispo, predique el Dogma de la Iglesia Católica Romana sobre el Infierno. Supongo que en sus países o en otros lugares sí lo hacen, pero en Norteamérica no es predicado este Dogma de Fe.

Cierto día en una catedral le dije a un Obispo: “Su Excelencia, usted realiza bellas meditaciones sobre el Santo Rosario cada noche por la radio. Esto es hermoso. Pero debo preguntarle, por qué no abrevia un poco su meditación e inserta después de cada decena del Rosario la oración: ‘Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del Infierno, lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Tu misericordia’. ¿Por qué se rehúsa decir esta pequeña oración después de cada decena, tal como lo pidió Nuestra Señora de Fátima el 13 de julio de 1917, después de que les había mostrado el Infierno a los tres videntes?” El Obispo me dijo: “Mire, a la gente no le gusta que prediquemos sobre el Infierno, la palabra Infierno les asusta.”No estamos para predicar lo que complazca a las multitudes sino para salvar sus almas del Infierno, para evitar que vayan al Infierno eternamente. Es probable que esta afirmación no sea aceptada por todos los Obispos pero con frecuencia los oigo rezar el Rosario omitiendo esta oración piadosa para salvar almas del Infierno.

Yo creo que esta pequeña oración de Nuestra Señora de Fátima dada a los niños el 13 de julio de 1917, es más poderosa y más placentera a Dios que cualquier meditación por bella que sea, aunque haya sido expresada por un Obispo. Cada uno de nosotros hemos recibido nuestra misión de Dios, y creo que Jesús y Nuestra Señora desean que mi misión sea que yo predique sobre el Infierno. Por esto es que predico sobre el Infierno. Hay muchas revelaciones que podemos leer en la biografía de las almas privilegiadas. Algunas almas que están en el Infierno han sido obligadas por Dios a hablarnos para ayudarnos a crecer en nuestra fe. Constituye un pecado mortal de omisión el rehusarse a predicar el Dogma Católico sobre el Infierno. Tales almas condenadas han dicho:”Podríamos soportar estar en el Infierno por mil años. Podríamos soportar estar en el Infierno un millón de años, si supiéramos que un día dejaríamos el Infierno”. Amigos míos, debemos meditar, no sólo en el fuego del Infierno, no sólo en la privación de contemplación de Dios, sino también en la eternidad del Infierno. Meditar seriamente frente al Sagrario sobre el Dogma Católico sobre el Infierno. Queridos Obispos, ustedes deben predicar por completo el Evangelio de Jesús, incluyendo la trágica realidad del Infierno eterno.

Concepto Herético de la Misericordia de Dios

Un sacerdote en una conferencia carismática dijo a una multitud de unas 3 mil personas y unos 100 sacerdotes que: “Dios es amor, Dios es misericordia y verán su infinita Misericordia en el fin del mundo, cuando Jesús liberará a todas las almas del Infierno, aún a los demonios”. Este sacerdote sigue predicando y su Obispo no suspende sus facultades por enseñar tal herejía. “Vayan al fuego eterno”, dijo Jesús. Fuego eterno, no fuego temporal. Con mi limitada inteligencia humana me atrevo a hacer una pequeña reflexión filosófica: “Dios es amor. Dios es Nuestro Padre. ¿Cómo puede un padre, ¡por amor de Dios!, tomar al pequeño Pedro y arrojarlo a un horno ardiente? Es imposible. Es un insulto a Dios, que Es amor”. ¿Cuántas veces han escuchado esto? La verdad, sin embargo, es que el Infierno existe. El Infierno es eterno, y todos iremos al Infierno si morimos en estado de pecado mortal. Yo puedo ir al Infierno. Ustedes pueden ir al Infierno. Si algunos de nosotros morimos en pecado mortal, estaremos en el Infierno por toda la eternidad, ardiendo, llorando y gritando sin consuelo. No por un millón de años, sino por billones y billones y billones de años y más allá, por toda la eternidad.

En nuestra vida mortal, ¿quién no ha cometido un pecado mortal? Un solo pecado mortal no confesado con arrepentimiento, antes de morir, es suficiente para que Jesús nos arroje al Infierno. Uno de los grandes Padres de la Iglesia, Patrón de todos los predicadores católicos, San Juan Crisóstomo dijo: “Pocos Obispos se salvan y muchos sacerdotes se condenan”. Cuando venía de Lisboa a Fátima por autobús, tuve la ocasión de predicar a los laicos, sacerdotes y obispos presentes en el autobús. Les imploré: “Por favor, cuando lleguen a Fátima, por qué no se animan a hacer una buena confesión general de vida. Quizás hace diez años, quizás hace cincuenta, no han tenido el valor de confesar ese pecado grave por vergüenza. Por favor, hagan una confesión santa y completa en Fátima antes de su regreso. Hay muchos sacerdotes en Fátima que nunca más volverán a ver hasta que lleguen al Cielo”. Yo predico a los Obispos como lo hago con toda persona, porque los Obispos también tienen un alma que salvar. Y si los Obispos son realmente humildes, aceptarán la verdad aún si proviene de un simple y ordinario sacerdote. No nos vayamos de Fátima sin hacer una Santa Confesión General.

Un Gran Acto de Caridad

Sus Excelencias, Jesús nos hizo sacerdotes. Jesús, Nuestro Señor, nos escogió entre millones de hombres para hacernos sacerdotes. Nos hicimos sacerdotes por un motivo: para ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa a Dios Padre Todopoderoso, para rezar el Breviario cada día y para predicar el Evangelio de Jesús para salvar las almas del Infierno. Nadie tiene la seguridad de ir al Cielo a menos que haya recibido una revelación privada de Dios como le ocurrió al Buen Ladrón en la cruz o a los tres videntes de Fátima. ¿Por qué no abrazar los medios seguros que el Cielo nos ha dado, el Santo Rosario (“la devoción a Mi Rosario es un signo seguro de predestinación”), el Escapulario del Carmen y el maravilloso Sacramento de la Confesión.

Prediquen, mis queridos Obispos, como los hacían los Padres de la Iglesia. La tarea principal de un Obispo es predicar, no sólo administrar una diócesis. La Iglesia necesita ver y escuchar a los Obispos predicando como lo hacían los Padres de la Iglesia. Si uno solo de ustedes, Obispos presentes aquí en Fátima, regresara a su diócesis y en ciertas ocasiones predicara sobre las Cuatro Postrimerías junto con todo el mensaje de Fátima, qué gran acto de caridad sería para todos sus amados fieles. Con la asistencia del Espíritu Santo digan a sus fieles: “Escuchen, mis hermanos en Cristo, yo soy su Obispo, estoy aquí para salvar su alma del Infierno. Por favor escuchen, acepten y mediten mi enseñanza en este día. Ustedes también, mis amados sacerdotes de mi diócesis, imiten a su Obispo, y prediquen sobre el Infierno con la autoridad que Jesús les ha dado. Prediquen cuanto menos una vez al año un sermón completo sobre el Infierno”. Si hacen esto, están realizando el mayor acto de caridad de su sacerdocio, de su episcopado.

Como mencioné anteriormente, en mis treinta años de sacerdocio, nunca he escuchado a un Obispo predicar sobre el Infierno. Cuando deseo encontrar un sermón sobre el Infierno, me veo obligado a leer a San Juan Crisóstomo, a los Padres de la Iglesia, a los Doctores de la Iglesia y a los santos predicadores. Queridos Obispos, por favor, prediquen sobre el Infierno como lo hizo Jesús, Nuestra Señora de Fátima, los Padres y los Doctores de la Iglesia y salvarán a muchas almas. Quien salva a un alma, salva a su propia alma. Predicar sobre el Infierno es un gran acto de caridad porque quienes los escuchan creerán por la autoridad que les confiere la Iglesia. Estas personas rectificarán su modo de vivir y harán una santa confesión de sus pecados.

El Vestido de Gracia

La gente con frecuencia me pregunta: “¿Por qué, Padre, es que ya no se predica sobre el Escapulario del Carmen? En el pasado recibíamos el Escapulario en nuestra Primera Comunión, pero ahora ya no hay más bendiciones e imposiciones del Escapulario del Carmen. ¿El Escapulario del Carmen sigue siendo válido como en el pasado?” Sí, el Escapulario del Carmen es válido en estos tiempos también, esta verdad no ha cambiado. El sábado 13 de octubre de 1917, durante el Milagro del Sol en Fátima, la Virgen María apareció ante los tres videntes sosteniendo el Escapulario del Carmen en una de sus manos. La hermana Sor Lucía dijo: “El Rosario y el Escapulario del Carmen son inseparables”. ¿Por qué entonces los sacerdotes ya no predican sobre el Escapulario del Carmen? ¿Cómo podrían hacerlo si deliberadamente rehúsan predicar sobre el Infierno? Si nunca predican sobre el Infierno, la gente no creerá en el Infierno y por tal motivo, ¿cuál sería el objeto de recibir y llevar consigo el Escapulario del Carmen?

Jesús dijo: “Si tienen fe, moverán montañas”. Si tienen fe, convertirán las almas con la gracia de Dios. Si predican sobre el Infierno con fe, la gente creerá en el Infierno. San Pablo dijo a sus discípulos: “Prediquen con convicción”. Solo pronunciar o leer una homilía en una iglesia no es predicar. La predicación debe buscar mover las voluntades; la predicación debe motivar a los hombres a cambiar sus vidas para salvar sus almas del Infierno.

La Deserción Sacerdotal

Hay cuatro razones principales por las que 75 mil sacerdotes han abandonado el sacerdocio: 1) Porque se han negado a orar cada día. 2) Porque no evitaron las ocasiones de pecado y olvidaron que la prudencia es la ciencia de los santos. 3) Porque no tuvieron la humildad y el valor para hacer confesiones santas y completas. Jesús dijo: “Sin Mí, nada pueden realizar.” 4) Porque vivían en pecado mortal y continuaban celebrando. Si un sacerdote está en estado de pecado mortal y celebra la Santa Misa, es una Misa sacrílega para él. Cuando recibe la Comunión en este estado, realiza una Comunión sacrílega. Entonces, ¿cómo puede un sacerdote en estado de pecado mortal predicar bajo la inspiración y la fuerza del Espíritu Santo? ¿Cómo puede predicar si está endemoniado? Sacerdotes, vayan y hagan una santa confesión y se volverán en excelentes predicadores. El Espíritu Santo les hablará a ustedes y por medio de ustedes, y salvarán a miles de almas de ir al Infierno. Un día, el Santo Cura de Ars recibió la visita de un joven sacerdote de una parroquia cercana. Este sacerdote tenía gran interés de conocer personalmente al Cura de Ars. Después del almuerzo, el Cura de Ars le dijo: “¿Serías tan amable de escuchar mi confesión?” El joven sacerdote por poco se cae de su silla ante la súplica del Cura de Ars de escuchar la confesión de este admirable sacerdote con fama de santidad. ¡Los Santos se confiesan! Y los que se confiesan se vuelven Santos.

Finalmente, Nuestra Señora de Fátima dijo: “Oren, oren mucho y hagan muchos sacrificios porque muchas almas se van al Infierno porque no hay quien ore ni se sacrifique por ellas”. Oremos continua y diariamente la oración que Ella nos enseñó: “Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del Infierno, lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Tu misericordia”.

[1] El 30 de marzo de 1997, domingo de Pascua, a las 12:00 del mediodía, el Padre Marcel Nault fue llamado de esta vida terrenal a la presencia de Dios a quien él amó y sirvió con profunda devoción. Nació el 3 de marzo de 1927 en Montreal, Québec, Canadá y su vocación fue relativamente tardía. Se ordenó como sacerdote diocesano el 4 de marzo de 1962, un día después de su cumpleaños 35.

Las entrada y los tuneles del Infierno

Las entrada y los tuneles del Infierno Extracto del libro ¿Crees que el Infierno existe?

Categoría de nivel principal o raíz: Instituto Católico de Estudios Pneumatológicos A.C. Categoría: Demonología Createdo: 11 Junio 2013 Visto: 8
(Extracto del Libro de Revelaciones del Infierno ¿Crees que el Infierno Existe?)
Las entradas y los túneles del Infierno.
El Infierno tiene 10* accesos revelados hasta hoy, distribuidos en partes estratégicas del cuerpo del Infierno, una en cada pie, una en cada mano, una en el corazón y otra en la boca que llamaremos la quijada del Infierno, una en el cerebro y otra a la altura del ombligo; estas entradas tienen
forma de CONOS O EMBUDOS semejantes a los torbellinos o tornados como los que con frecuencia se forman en la superficie de la Tierra; solo que éstos son espirituales y están permanentemente girando. Los demonios utilizan estos conos para entrar y salir del Infierno; pero para poder entrar, los demonios tienen que elevarse hasta la boca superior del cono o embudo e ingresar a través de esta
abertura incorporándose en el torbellino y finalmente saliendo por el otro extremo que desemboca en el interior del cuerpo del Infierno.
En el interior del cuerpo del Infierno hay una serie de túneles que intercomunican a las cámaras o cuevas o
fosas que fueron construidas y adaptadas por Lucifer, Satanás y sus huestes.
Yo, María de la Cruz con la Inspiración del Espíritu Santo de Dios Padre, quiero comenzar escribiendo esto:
Cuando Jesús me empezó a llevar al Cielo y al Infierno, yo sentía un miedo terrible, una angustia de conocer lo desconocido, lloro cada vez que me lleva al Infierno; pues quiero que sepan hermanos en Jesucristo nuestro Señor que mi esposo y yo somos cristianos, católicos y apostólicos y pertenecemos a la gran Iglesia de Abba Padre, de mi gran Madre María Santísima, de mi Señor Jesucristo, en ellos creemos, confiamos, tenemos fe y los amamos con todo nuestro corazón, a los Cielos nos entregamos en cuerpo, alma y espíritu, estamos dispuestos a darlo todo a nuestro Dueño y Señor de los Cielos y todo para la Gloria de Dios Padre Yavé, Amén, Amén, Amén.
Dice Jesús:
María de la Cruz, buenos días, quien viene a ti, vuestro Señor Jesucristo, para revelarte lo que es importante para el mundo, Mi pequeña. Desde hace años he estado preparando a los Santos para Mi segunda venida a la Tierra, he de venir a poner orden y para expulsar a Satanás a los avernos, mil años será castigado, pues bien sabe que Dios es el dueño de todo lo creado, y ese es su enojo, pues quiere acabar con ello, con toda la Creación; pero jamás Mi Padre lo permitirá; vendré también a restaurar la Tierra con todo Mi Poder y con la Justicia Divina.
Hoy también Mi pequeña, vengo a ti por medio del Espíritu Santo, vengo por tu espíritu, pues he de revelarte otros lugares del Infierno.
-Sí mi Señor, cuando Tú dispongas mi Jesús, estoy lista.
“Quiero insistir en algo Mi niña, que sepa el mundo que la finalidad de darles a conocer que el Infierno existe y que su Jesús, quien murió en la Cruz para Redimirles le habla al
mundo, porque QUIERO RESCATAR A TODOS MIS HIJOS PERDIDOS DE LAS TINIEBLAS, AHORA.”
Jesús me toma de la mano y yo veo cómo mi espíritu sale de mi cuerpo para ir con mi Señor Jesucristo, es tan maravilloso, me lleno de gozo, de alegría por estar con Él, Jesús está rodeado de una Luz incomparable, fuimos elevados por medio del Espíritu Santo aún más alto que otras veces, al cielo arriba de las nubes, como pedazos de algodones blancos, suaves, desde las alturas del cielo puedo observar la Tierra; de pronto Jesús me vuelve a mostrar los conos que giran y giran en los puntos de las entradas del Infierno, el que está en el centro de la Tierra es más grande, Jesús me dice:
Ahora vamos a entrar a éste cono.
Y con gran movimiento brusco entramos pues; los conos son como los túneles obscuros horribles, fuimos bajando, Jesús me abraza con mucho Amor, protegiéndome de cualquier enemigo que se presentara, pues Él es un gran protector de todos Sus hijos se los puedo asegurar, también empecé a percibir un olor horrible a azufre más fuerte todavía que otras veces, Jesús me dice:
No te asustes, llegamos a otro lugar del Infierno, ahora te mostrare este espacio.
Jesús con su Luz me muestra las paredes en donde hay demonios y almas pegadas en esas paredes, los cuales gritaban palabras obscenas, maldiciendo y renegando por no poderse despegar, aunque curiosamente se podían mover, Jesús me dice:
Estas son las almas que en vida maldijeron a Dios y a su prójimo, así que sus tormentos son éstos.
Los gritos eran cada vez más fuertes así como los lamentos de las almas, también despedían fuertes olores tan insoportables que me daban asco y ganas de vomitar, las almas tienen la forma cómo fue su cuerpo en vida y los demonios son formas obscuras, con olor a azufre; de pronto Jesús me cubre con su capa, y me dice:
También te cubro en este momento con Mi Sangre.
y veo en este momento cómo su Sangre forma una barrera infranqueable, poderosísima, pues nadie puede traspasarla, ni ver a través de su Sangre hermosa, y me dice:
He hecho esto porque se acerca el enemigo, el innombrable, así él no nos podrá ver por el momento, pues Satanás también se vuelve invisible dentro de todos los túneles, pero verás un humo obscuro, que se desprende del demonio porque él lleva consigo las llamas del Infierno.
De pronto, al seguir caminando por el túnel por donde me lleva Jesús, se ven muchas bolas de humo negro, yo le pregunto a Jesús:
-¿Señor que son esas bolas de humo?, Jesús me contesta:
Estas son las huestes que Satanás vomitará pues han sido preparadas para salir a la Tierra, para hacer pecar a Mis hijos, y solo esperan una orden de él. María de la Cruz, pon mucha atención con tus sentidos, en lo que verás, sentirás, oirás, olerás, menos tocar,
-Sí mi Señor Jesús, le respondí.
Entonces empecé a sentir un aire que corría por el túnel, con un olor fétido de carne podrida y quemada, también se podía oír como si el aire se lamentara y gritara de dolor, también en ese aire se podía sentir; el dolor de las almas que sufren en ese lugar tan terrible, Jesús me dice:
“Este es el Infierno, dolor, llanto, gritos, desesperación, angustia, tristeza, tormento”
Seguimos caminando hasta llegar a los lugares en donde las almas están siendo atormentadas en éste momento y como mi Jesús dijo, hay llanto, dolor, gritos de las almas desesperadas que imploran a Jesús su perdón, pero Jesús les dice:
Ya es muy tarde.
Nos acercamos a un alma a la cual se le caían las carnes de su cuerpo en pedazos, y que a gritos desesperados suplicaba Misericordia a Jesús; pero Jesús le respondió:
Ya no puedo ayudarte, pues has sido juzgada con Justicia, te pedí, te rogué, te supliqué una y otra vez que atendieras a Mi llamado, de muchas formas te lo hice saber y tu sordo, mudo, ciego, no quisiste oír, ni obedecer, ni seguirme, pues has encontrado tu casa eterna, lo siento.
Vi como Jesús empezó a llorar en este mismo momento y empecé a sentir el dolor de Su Corazón, tan fuerte, que yo misma me doble de dolor y lloré junto con Él.
Dice Jesús:
Estos son los túneles que te llevan a todos los sentidos del cuerpo, ahora las almas reciben con tristeza los tormentos que se han ganado según sus pecados.
-Señor Jesús -le dije-, te suplico mi Señor que me digas ¿por ventura tuya, dime si existe alguna manera para que estas almas dejen de sufrir?, Por piedad, ten misericordia de ellas, te lo suplico Señor.
Jesús me dice:
No Mi pequeña, así vivirán toda una eternidad.
-Señor, cuando menos dime, ¿podrías mitigar su dolor, su llanto?, Jesús me contesta:
No hija Mía, no se puede hacer nada ya; por esta misma razón quiero que Mis hijos del mundo dejen de pecar, quiero evitarles a todos su condenación, quiero SALVARLOS a todos para llevarlos a Mi Cielo, a la Casa de Mi Padre y a gozar del Amor de Mi Madre, por eso María de la Cruz, te he escogido a ti y a José, para que el mundo sepa que EL INFIERNO EXISTE y EL CIELO TAMBIÉN, todo esto para la SALVACION DE SUS ALMAS, pues también con ésta revelación, ADVIERTO A TODOS LOS HOMBRES, para que después no digan, ¡yo nunca lo supe!,! nadie me lo dijo!. “LOS QUIERO SALVOS HIJOS MIOS, LOS QUIERO A TODOS ALREDEDOR DEL TRONO DE MI PADRE, PUES TODAVIA LOS AMO HASTA EL EXTREMO”.
Hermanos todos, María de la Cruz y José, los invitamos a reconciliarse con Nuestro Señor Jesucristo, pues tomen muy en cuenta que nadie, pero nadie va al Padre si no es a través de Nuestro Señor Jesucristo, vámonos todos al Cielo hermanos a gozar de la Gloria del Señor, nadie se ha arrepentido estando en la Casa de Dios Padre, porque todo es gozo, armonía, paz; ahí no hay sufrimiento hermanos, se los aseguro. Amén, Amén, Amén.

*Hermanitos en Cristo, ahora sabemos por Revelación Divina que el número total de puertas del Infierno son 13 , hasta el 2010 había 10 puertas abiertas; pero el 11 del 11 del 2011 a las 11:11:11 se abrió la Onceava puerta por la cual salieron miles y miles de demonios. El 12 del 12 del 2012 a las 12:12:12 se abrirá la Doceava puerta del Infierno a través de la cual saldrán mas demonios que serán los que ayudarán a la Bestia y el en el 2013 se abrirá la treceava puerta.

SANTO TOMAS DE AQUINO – Infierno

Los cuerpos de los condenados

El castigo eterno producirá en los cuerpos cuatro taras contrarias a las dotes de los cuerpos gloriosos. Serán oscuros: Sus rostros, caras chamuscadas. Pasibles, si bien nunca llegarán a descomponerse, puesto que constantemente arderán en el fuego pero jamás se consumirán: Su gusano no morirá, y su fuego no se extinguirá. Pesados y torpes, porque el alma estará allí como encadenada: Para aprisionar con grillos a sus reyes . Finalmente, serán en cierto modo carnales, tanto en alma como el cuerpo: Se corrompieron los asnos en su propio estiércol.

La pena del llanto

Debe decirse que en el llanto corporal se hallan dos cosas. Una es la resolución de las lágrimas. Y en cuanto a esto el llanto corporal no puede existir en los condenados. Porque después del día del juicio, descansando el movimiento del primer móvil, no habrá ninguna generación, o corrupción, o alteración del cuerpo. Y en la resolución de las lágrimas es preciso que haya generación de aquel humor que destila por medio de las lágrimas. Por lo cual en cuanto a esto no podrá haber llanto corporal en los condenados. Lo otro que se halla en el llanto corporal es cierta conmoción y perturbación de la cabeza y de los ojos. Y en cuanto a esto podrá haber en los condenados, llanto después de la resurrección. Porque los cuerpos de los condenados no sólo serán afligidos en lo exterior, sino por lo interior, según que el cuerpo se cambia para el padecimiento del alma en bien, o en mal, Y en cuanto a esto el llanto de la carne indica la resurrección, y corresponde a la delectación de la culpa, que hubo tanto en el alma como en el cuerpo.

La pena del fuego

Del fuego con que serán atormentados los cuerpos de los condenados después de la resurrección es preciso decir que es corpóreo porque al cuerpo no puede adaptarse convenientemente la pena, sino es corpórea. Por lo cual San Gregorio, prueba que el fuego del infierno es corpóreo por lo mismo que los réprobos después de la resurrección serán arrojados en él. También San Agustín, manifiestamente confiesa que aquel fuego con que serán atormentados los cuerpos es corpóreo Y de esto versa la cuestión presente. Pero de qué manera las almas de los condenados son atormentadas por este fuego corpóreo, ya se ha dicho en otra parte.

La pena que causará el conocimiento.

Debe decirse que así como por la perfecta bienaventuranza de los santos no habrá en ellos nada que no sea materia de gozo, así también en los condenados no habrá nada que no sea en ellos materia y causa de tristeza; ni faltará nada de cuanto pueda pertenecer a la tristeza para que su desdicha sea consumada. Mas la consideración de algunas cosas conocidas bajo algún concepto induce al gozo o por parte de las cosas cognoscibles, en cuanto se aman, o por parte del mismo conocimiento, en cuanto es conveniente y perfecto. Puede también haber razón de tristeza ya de parte de las cosas cognoscibles, que son aptas para contristar; ya de parte del mismo conocimiento, según que se considera su imperfección; como cuando uno considera que le falta el conocimiento de alguna cosa cuyo perfecto conocimiento apetecería. Así pues en los condenados habrá actual consideración de aquellas cosas que antes supieron, coma materia de tristeza, y no como causa de delectación. Pues considerarán las cosas malas que hicieron por las que han sido condenados, y los bienes deleitables que perdieron, y por ambas cosas se atormentarán. Del mismo modo también serán atormentados porque considerarán que el conocimiento que tuvieron de las cosas especulativas era imperfecto, y que perdieron su perfección suma, que podían haber adquirido.

Pena de daño

Esa pena será inmensa en primer lugar por la separación de Dios y de los buenos todos. En esto consiste la pena de daño, en la separación, y es mayor que la pena de sentido. Arrojad al siervo inútil a las tinieblas exteriores. En la vida actual los malos tienen tinieblas por dentro, las del pecado, pero en la futura las tendrán también por fuera. Será inmensa, en segundo lugar, por los remordimientos de su conciencia. Sin embargo, tal arrepentimiento y lamentaciones serán inútiles, pues provendrán no del odio de la maldad, sino del dolor del castigo.

En tercer lugar, por la enormidad de la pena sensible, la del fuego del infierno, que atormentará alma y cuerpo. Es este tormento del fuego el más atroz, al decir de los santos. Se encontrarán como quien se está muriendo siempre y nunca muere ni ha de morir; por eso se le llama a esta situación muerte eterna, porque, como el moribundo se halla en el filo de la agonía, así estarán los condenados. En cuarto lugar, por no tener esperanza alguna de salvación. Si se les diera alguna esperanza de verse libres de sus tormentos, su pena se mitigaría; pero perdida aquélla por completo, su estado se torna insoportable.

En el infierno se sufrirá de muchas maneras

Debe decirse que, según San Basilio, en la última purificación del mundo se hará separación en los elementos, de modo que cuanto es puro y noble permanecerá arriba, para gloria de los bienaventurados; pero cuanto es innoble y manchado será arrojado al infierno para pena de los condenados; de suerte que, así como toda creatura será para los bienaventurados materia de gozo, así también para los condenados será aumentado el tormento por todas las creaturas, conforme a aquello , peleará con él el orbe de las tierras contra los insensatos. También compete a la divina justicia que así como los que apartándose de uno por el pecado constituyeron su fin en las cosas materiales, que son muchas y varias, así también sean afligidos de muchas maneras por muchos.

La pena que causará el gusano.

Debe decirse que después del día del juicio en el mundo renovado no quedará animal alguno, o cuerpo alguno mixto, sino sólo el cuerpo del hombre, porque no tiene orden alguno respecto a la incorrupción, ni después de aquel tiempo se ha de verificar generación y corrupción. Por lo cual el gusano que se supone en los condenados, no debe entenderse que es corporal, sino espiritual, el cual es el remordimiento de la conciencia, que se llama gusano en cuanto nace de la podredumbre del pecado, y aflige al alma como el gusano corporal nacido podredumbre aflige punzando.

SAN BUENAVENTURA

Gravedad del pecado mortal en sus castigos eternos

A la primera cuestión, en la cual se inquiere cómo se castiga el mal, respondo: El mal se castiga con eternidad de penas; y que esto debe ser así se prueba, en primer lugar, por razón de la divina ofensa, la cual es de tanta gravedad cuanto lo es la dignidad de la persona ofendida. Siendo, pues, Dios infinito, infinita debe ser la ofensa del pecado. Justo es, por consiguiente, que se castigue con pena infinita; pero esta ofensa no puede ser castigada con pena intensivamente infinita; luego es de todo punto necesario que se castigue con pena infinita en cuanto a la duración eterna.

La segunda razón es ésta: El que delinque en el gremio de la ciudad, puede con toda justicia ser separado por el destierro, de la convivencia de los ciudadanos durante toda la vida y mientras la ciudad dure. Consiguientemente, si el pecador es un traidor en la ciudad de Dios, cuya duración es eterna, justa cosa es que sea castigado con el destierro perpetuo.

 La tercera razón es: El pecador es juzgado no sólo por el acto exterior, sino también por el acto interno de la voluntad. Ahora bien, el que peca, siempre que ofende a Dios adhiriéndose al placer transitorio, prefiere la perpetuidad de éste, desde el momento en que no se arrepiente de ello en toda su vida; luego debe ser castigado en la misma manera que si el placer durase perpetuamente.

La cuarta razón es: El pecador, en todo pecado mortal, abusa de aquellas cosas que le deben ayudar y respecto de las cuales debe proceder ordenadamente en su uso. Ahora bien, siendo él parte del universo, recibe ayuda de los cuerpos elementales, celestes y supracelestes, y se relaciona con lo pasado, presente y venidero; abusa, pues, de todas estas cosas, luego todo cuanto existe en el universo debe conspirar contra el pecador, tanto en lo que se refiere a su conversión como a su duración. Forzoso es, pues, que sea castigado con adversidad universal y eterna, y, por ello, con desgracia de pena que no tendrá fin.

La quinta razón es: Habiendo sido creada el alma racional en la línea de la eviternidad y del tiempo, y hallándose situada en el tiempo por razón de su unión con el cuerpo, desaparecida esta unión, necesariamente entra el alma en el estado de la eviternidad. De ahí que si muere en pecado mortal, en él persevera toda la eternidad; pero no se da la ignominia del pecado sin el esplendor de la justicia, luego si la culpa dura eternamente, con eterno suplicio debe ser castigada

 

JESUS POR MARÍA

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CATOLICA APOSTÓLICA ROMANA

Santa Verónica Giuliani – Infierno

Santa Verónica Giuliani, Clarisa Capuchina +(16601727), primera santa capuchina.

” …En un momento, me encontré en un lugar oscuro, profundo y pestilente; escuché voces de toros, rebuznos de burros, rugidos de leones, silbidos de serpientes, confusiones de voces espantosas y truenos grandes que me dieron terror y me asustaron. También vi relámpagos de fuego y humo denso. ¡Despacio! que todavía esto no es nada.

Me pareció ver una gran montaña como formada toda por mantas de víboras, serpientes y basiliscos entrelazados en cantidades infinitas; no se distinguía uno de las otras. Se escuchaba por debajo de ellos maldiciones y voces espantosas. Me volví a mis Ángeles y les pregunté qué eran aquellas voces; y me dijeron que eran voces de las almas que serían atormentadas por mucho tiempo, y que dicho lugar era el más frío. En efecto, se abrió enseguida aquel gran monte, ¡y me pareció verlo todo lleno de almas y demonios! ¡En gran número! Estaban aquellas almas pegadas como si fueran una sola cosa y los demonios las tenían bien atadas a ellos con cadenas de fuego, que almas y demonios son una cosa misma, y cada alma tiene encima tantos demonios que apenas se distinguía. El modo en que las vi no puedo describirlo; sólo lo he descrito así para hacerme entender, pero no es nada comparado con lo que es.

Fui transportada a otro monte, donde estaban toros y caballos desenfrenados los cuales parecía que se estuvieran mordiendo como perros enojados. A estos animales les salía fuego de los ojos, de la boca y de la nariz; sus dientes parecían agudísimas espadas afiladas que después reducían a pedazos todo aquello que les entraba por la boca; incluso aquellos que mordían y devoraban las almas. ¡Qué alaridos y qué terror se sentía! No se detenían nunca, fue cuando entendí que permanecían siempre así. Vi después otros montes más despiadados; pero es imposible describirlos, la mente humana no podría nunca nuca comprender.

En medio de este lugar, vi un trono altísimo, larguísimo, horrible ¡y compuesto por demonios! Más espantoso que el infierno, ¡y en medio de ellos había una silla formada por demonios, los jefes y el principal! Ahí es donde se sienta Lucifer, espantoso, horroroso. ¡Oh Dios! ¡Qué figura tan horrenda! Sobrepasa la fealdad de todos los otros demonios; parecía que tuviera una capa formada de cien capas, y que ésta se encontrara llena de picos bien largos, en la cima de cada una tenía un ojo, grande como el lomo de un buey, y mandaba saetas ardientes que quemaban todo el infierno. Y con todo que es un lugar tan grande y con tantos millones y millones de almas y de demonios, todos ven esta mirada, todos padecen tormentos sobre tormentos del mismo Lucifer. Él los ve a todos y todos lo ven a él.

Aquí, mis Ángeles me hicieron entender que, como en el Paraíso, la vista de Dios, cara a cara, vuelve bienaventurados y contentos a todos alrededor, así en el infierno, la fea cara de Lucifer, de este monstruo infernal, es tormento para todas las almas. Ven todas, cara a cara el Enemigo de Dios; y habiendo para siempre perdido Dios, y no tenerlo nunca, nunca más podrán gozarlo en forma plena. Lucifer lo tiene en sí, y de él se desprende de modo que todos los condenados participan de ello. Él blasfema y todos blasfeman; él maldice y todos maldicen; él atormenta y todos atormentan.

– ¿Y por cuánto será esto?, pregunté a mis Ángeles.

Ellos me respondieron:

– Para siempre, por toda la eternidad.

¡Oh Dios! No puedo decir nada de aquello que he visto y entendido; con palabras no se dice nada. Aquí, enseguida, me hicieron ver el cojín donde estaba sentado Lucifer, donde eso está apoyado en el trono. Era el alma de Judas. Y bajo sus pies había otro cojín bien grande, todo desgarrado y marcado. Me hicieron entender que estas almas eran almas de religiosos; abriéndose el trono, me pareció ver entre aquellos demonios que estaban debajo de la silla una gran cantidad de almas. Y entonces pregunte a mis Ángeles:

– ¿Y estos quiénes son?

Y ellos me dijeron que eran Prelados, Jefes de Iglesia y de Superiores de Religión.

¡Oh Dios!!!! Cada alma sufre en un momento todo aquello que sufren las almas de los otros condenados; me pareció comprender que ¡mi visita fue un tormento para todos los demonios y todas las almas del infierno!

Venían conmigo mis Ángeles, pero de incógnito estaba conmigo mi querida Mamá, María Santísima, porque sin Ella me hubiera muerto del susto. No digo más, no puedo decir nada. Todo aquello que he dicho es nada, todo aquello que he escuchado decir a los predicadores es nada. El infierno no se entiende, ni tampoco se podrá aprender la acerbidad de sus penas y sus tormentos. Esta visión me ha ayudado mucho, me hizo decidir de verdad a despegarme de todo y a hacer mis obras con más perfección, sin ser descuidada. En el infierno hay lugar para todos, y estará el mío si no cambio vida.

¡Sea todo a gloria de Dios, según la voluntad de Dios, por Dios y con Dios!”

JESUS POR MARÍA

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CATOLICA APOSTÓLICA ROMANA

San Alfonso Maria de Ligorio – Infierno

SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO
PREPARACIÓN PARA LA MUERTE

Obispo, Doctor de la Iglesia por sus escritos sobre la moral.
Fundador de la Congregación del Santísimo Redentor (los Redentoristas)
Patrón de confesores y moralistas.(1696-1787).

 

Consideración 26. De las Penas del Infierno

Dos males comete el pecador cuando peca, deja a Dios sumo bien, y se entrega a las criaturas,” porque dos males hizo mi pueblo, me dejaron a mí que soy fuente de agua viva y cavaron para sí aljibes rotos que no pueden contener las aguas” nos dice el Señor por boca del profeta Jeremías.
Y por que el pecador se dio a las criaturas con ofensa de Dios, justamente será atormentado en el infierno por esas mismas criaturas el fuego y los demonios. Esta es la pena del sentido.

Mas como su culpa mayor en la cual consiste la maldad del pecado, es el apartarse de Dios. La pena más grande que hay en el infierno, es la pena de daño. El carecer de la vista de Dios y haberle perdido para siempre.
Consideremos primeramente la pena de sentido, es de fe, que hay infierno, en el centro de la tierra esta esa cárcel destinada al castigo de los rebeldes contra Dios. Que es pues el infierno, es un lugar de tormentos como le llamo el rico epulón, lugar de tormentos donde todos los sentidos y potencias del condenado han de tener su propio castigo y donde aquel sentido que más hubiere servido de medio para ofender a Dios será más gravemente atormentado.
La vista padecerá el tormento de las tinieblas. Digno de profunda compasión seria el hombre infeliz, que pasara cuarenta o cincuenta años de su vida encerrado en un estrecho y tenebroso calabozo. Pues el infierno es cárcel por completo cerrada y oscura donde no penetrara nunca ni un rayo de sol ni de luz alguna.

El fuego que en la tierra alumbra no será luminoso en el infierno, dice el salmo 28, voz del Señor que corta llama de fuego, es decir como lo explica San Basilio que El Señor separara del fuego la luz, de modo que esas maravillosas llamas, abrazaran sin alumbrar, o como dice San Alberto magno, apartara del calor el resplandor y el humo que despedirá esa hoguera formara una nube tenebrosa que como dice San Judas, en su carta primera capítulo 3, segara los ojos de los réprobos, no habrá más que la precisa para acrecentar el tormento, tan solo un pálido fulgor que deje ver la fealdad de los condenados y de los demonios y el horrendo aspecto que estos tomaran para causarnos mayores espantos.

También el olfato padecerá su propio tormento sería insoportable que estuviésemos encerrados en estrecha habitación con un cadáver fétido, pues el condenado ha de estar siempre entre millones de réprobos vivos para la pena, pero hediondos por la pestilencias que arrojaran de si, según el profeta Isaías 34-3.
Dice San Buenaventura, que si el cuerpo de un condenado saliera del infierno bastaría para que el solo por su hedor muriesen todos los hombres del mundo. Y aun dice algún insensato, si voy al infierno no iré solo.
Infeliz, cuantos más réprobos allá allí, mayores serán tus padecimientos. Dice Santo Tomas, allí la compañía de otros desdichados no alivia sino que acrecienta la común desventura. Muchos más penaran sin duda por la fetidez asquerosa, por los lamentos de aquella desesperada muchedumbre y por estrechez en que se hallaran amontonados y oprimidos como ovejas en tiempos de invierno, como uvas prensadas en el lagar de la ira de Dios.

Padecerán así mismo el tormento de la inmovilidad, tal y como caiga el condenado al infierno así ha de permanecer inmóvil. Sin que le sea cambiar de sitio ni mover manos ni pies mientras Dios sea Dios.
Sera atormentado el oído con los continuos lamentos y voces de aquellos pobres desesperados y por los horrorosos estruendos que los demonios harán. Huelle con nosotros el sueño cuando oímos cerca gemidos de enfermos llantos de niños ladrido de algún perro. Infelices réprobos que han de oír forzosamente por toda la eternidad los pavorosos gritos de todos los condenados.

La gula será castigada con un hambre devoradora, más no habrá allí ni un pedazo de pan, padecerá el condenado abrasadora sed que no se apagaría ni con toda el agua del mar.
Pero no se le dará ni una sola gota, nada más que una gota pedía el rico avariento, y no la tuvo ni la obtendrá jamás. La pena de sentido que más atormenta al condenado es el fuego del infierno, tormento del tacto como se lee en Eclesiástico 7-19 El Señor le mencionara especialmente en el día del juicio, “apartaos de mi malditos, al fuego eterno” Evangelio según San Mateo 25-41.

Aun en este mundo el suplicio del fuego es el más tremendo de todos, más hay tal diferencia entre las llamas del infierno con las de este mundo, que como dice San Agustín, en comparación con las nuestras son como pintadas o como si fuesen de hielo, según como dice San Vicente Ferrer. Y la razón de esto consiste en que el fuego terrenal fue creado para utilidad nuestra, pero el del infierno, solo para castigo fue creado.
Por eso dice Tertuliano, muy diferente es el fuego que se utiliza para servicio del hombre y el que sirve para la justicia de Dios, la indignación de Dios que encienden esa sed de venganza. Y por esto llama Isaías, espíritu de ardor al fuego del infierno, el condenado estará dentro de las llamas rodeado de ellas por todas partes como leño en el horno, tendrá abismos de fuego bajo las plantas, inmensas masas de fuego sobre su cabeza y alrededor de si, cuanto vea toque o respire, fuego a de respirar, tocar o ver. Sumergido estará en el fuego como el pez en el agua y esas llamas no se hallaran alrededor del réprobo sino que penetraran dentro de él, en sus mismas entrañas para atormentarle, el cuerpo será pura llama, ardera el corazón en su pecho, las viseras en el vientre, el cerebro en su cabeza, en las venas la sangre, la medula en los huesos, todo condenado se convertirá en un horno ardiente, como dice el salmo 20-10.

Hay personas que no aguantan ser quemadas por el suelo calentado por los rayos del solo, o tampoco aguantan estar bajo un brasero encendido en un aposento cerrado, ni pueden recibir una chispa que les salte del alumbre, y luego no temen aquel fuego que devora. Así como una fiera devora a un tierno corderito así las llamas del infierno devoran a un condenado, le devoraran sin consumirle, sin darle muerte, sigue pues insensato, dice San Pedro Damián, hablando del voluptuoso, sigue satisfaciendo a tu carne, que un día llegara en que tus deshonestidades se convertirán en ardiente pez dentro de tus entrañas, y harán más intensa y abrasadora la llama infernal en la cual has de arder.
Y añade San Gerónimo, que aquel fuego se llevara consigo todos los dolores, males que en la tierra nos atribuían, hasta el tormento del hielo se padecerá allí, y todo aquello con gran intensidad que como dice San Crisóstomo, los padecimientos de este mundo, son pálida sombra en comparación de las del infierno. Las potencias del alma recibirán también su adecuado castigo, tormento de la memoria será el vivo recuerdo que en vida tuvo el condenado para salvarse y lo gasto en condenarse, y de las gracias que Dios le dio y fueron por el menospreciadas.

El entendimiento padecerá también, considerando el gran bien que ha perdido, considerando a Dios y al cielo, y ponderando que esa pérdida ya es irremediable. La voluntad vera que se le niega todo lo que desea, el desventurado réprobo no tendrá nunca nada de lo que quiere y siempre ha de tener lo que más aborrezca, es decir males sin fin.
Querrá librarse de los tormentos y disfrutar de paz, pero siempre será atormentado, jamás hallara un momento de reposo. Pero todas las penas referidas, nada son si se compara con las peñas del daño, las tinieblas, el hedor, las llamas, no constituyen la esencia del dolor del infierno. El verdadero infierno es la pena por la pena de haber perdido a Dios para siempre, decía San Bruno, multiplíquense los tormentos con tal que no se nos prive de la presencia de Dios y San Juan Crisóstomo decía, si dijereis mil infiernos de fuego nada dirás comparable al dolor aquel de perder a Dios para siempre.
Y San Agustín añade, que si los réprobos gozasen de la vista de Dios, no sentirían tormento alguno y el mismo infierno se les convertiría en paraíso. Para comprender algo de esta pena consideremos que si alguno pierde por ejemplo, una piedra preciosa que valga cien escudos, tendrá un gran disgusto, pero si esa piedra valiese el doble sentiría la pérdida mucho más, y más todavía si valiera quinientos, en suma cuanto mayor es el valor de lo que se pierde, tanto más se acrecienta la pena que ocasiona el haberlo perdido. Y puesto que los réprobos pierden el bien infinito que es Dios, sienten como dice Santo Tomas, una pena en cierto modo infinita.

En este mundo solamente los justos temen esa pena, San Ignacio de Loyola decía, Señor todo lo sufriré, más no la pena de estar privado de vos. En cambio los pecadores no sienten temor alguno por tan grande perdida, por que se contentan con vivir largos años sin Dios hundidos en tinieblas.
Pero en la hora de la muerte conocer en gran bien que han perdido, el alma que sale de este mundo dice San Antonino, conoce que fue creada por Dios he irresistiblemente vuela, queriéndose abrazarse con el sumo bien, más si esta en pecado Dios la rechaza.
Si lebrel sujeto y amarrado ve cerca de si exquisita casa, se esfuerza con romper la cadena que lo detiene, y trata de lanzarse sobre su presa. El alma al separarse del cuerpo, se siente naturalmente atraída hacia Dios, pero el pecado la aparta y la arroja lejos de Él. Todo el infierno pues se resume en aquellas palabras de la sentencia, apartaos de mi maldito, apartaos dirá El Señor, no quiero que veáis mi rostro, ni aun imaginando mil infiernos podrá nadie concebir lo que es la pena de ser aborrecido de Cristo.
Cuando David impuso a Absalón el castigo de que jamás compadeciese ante él, Absalón sintió un dolor tan profundo que exclamo, decid a mi padre que me permita ver su rostro o me de la muerte. Felipe II viendo que en su corte estaba un hombre con gran irreverencia le dijo severamente, no volváis a presentaros ante mí, y tal fue la confusión y el dolor que sintió ese hombre que llegando a su casa murió. Que será cuando Dios despida al réprobo para siempre.
Esconderé de él mi rostro y hallaran todos los males y aflicciones, nos dice el Deuteronomio 31-17. Y Cristo dirá, no sois ya míos ni yo vuestro.

Aflige un dolor inmenso a un hijo o a una esposa cuando saben que ya nunca volverán a ver a su padre o esposo que acaba de morir, pues si al oír los lamentos del alma de un réprobo, le preguntásemos cual es la causa de su dolor, que sentiría ella cuando nos dijese, lloro porque he perdido a Dios y ya no le veré jamás.
Y si a lo sumo el desdichado pudiese amar a Dios en el infierno y conformarse con la divina voluntad, si eso pudiese hacer, el infierno ya no sería infierno. Ni podrá resignarse si podrá amar a Dios, vivirá odiándole eternamente y ese ha de ser su mayor tormento, conocer que Dios es el sumo bien, digno de infinito amor, y verse forzado de aborrecerle siempre.

Un demonio interrogado por Santa Catalina de Génova le respondía así, soy aquel malvado desposeído del amor de Dios, El réprobo odiara y maldecirá a Dios, y maldiciéndole maldecirá los beneficios que de Él recibió, la creación, la redención, los sacramentos, el bautismo, la comunión, y sobre todo el Santísimo Sacramento del altar, aborrecerá a todos los ángeles y santos, con odio implacable odiara a su ángel custodio, a sus santos protectores y a la Santísima Virgen María.
Maldecidas serán por él, las tres Divinas personas, especialmente las del Hijo de Dios, que murió especialmente por salvarnos y las llagas, trabajos, sangre, pasión y muerte de Cristo Jesús.

Conclusión y Suplicas:

Sois pues Dios mío, sumo bien, el bien infinito y yo tantas veces voluntariamente os he perdido. Sabía yo que con mis culpas os enojaba y perdía vuestra gracia y sin embargo las cometí, ¡ah Señor! Si no supiese que clavado en la cruz moristeis por mí, no me atrevería a pedir y a esperar vuestro perdón.
Oh eterno Padre, no me miréis a mí, mirad a vuestro amado Hijo que por mi ruega y oídle y perdonadme, muchos años hace que merecí verme en el infierno, sin la esperanza de amaros ni recuperar la perdida de aquella gracia infinita que me queréis dar.
Me pesa Dios mío de todo corazón, de las injurias que hice renunciando a vuestra amistad, despreciando vuestro amor por los viles placeres de este mundo.
Antes hubiera muerto mil veces. Como pude estar tan ciego y tan loco.
¡Gracias Señor, que me das tiempo de remediar el mal que cometí, ya que por vuestra misericordia no estoy en el infierno, y todavía puedo amaros, deseo amaros Dios mío!
Os amo bondad infinita, os amo vida y tesoro mío, mi amor y mi todo. Acordaos Señor del amor que me tuviste, y recordadme a mí, el infierno en que debiera hallarme, a fin de que este pensamiento me encienda en vuestro amor, y me mueva a repetir mil veces, que deberás os amo.
Oh María reina y esperanza y madre nuestra, si me viera en el infierno tampoco podría amaros a vos, más ahora os amo Madre mía, y espero que jamás dejare de amar a vos y a mi Dios. Ayudadme y rogad a Jesús por mí.
AMEN.
Y recuerda querido lector, que para cada uno de nosotros Dios ha dispuesto un año en ese año, un mes, en ese mes, un día y ene se día una hora y un minuto donde nos llamara a través de la hermana muerte para juzgarnos, sin misericordia. Que será de tu alma en aquella hora, habrá para ti una eternidad de dichas, inconmensurable cielo para toda la eternidad o la amargura de las llamas que eternamente te abrazaran en el infierno.
Recuerda que solo depende de ti.

Consideración 27.Eternidad del infierno

Si el infierno no tuviera fin, el infierno no sería infierno, la pena que dura poco no es gran pena, si a un enfermo se le saca un tumor o se le quema una llaga, no dejara de sentir vivísimo dolor. Pero como este dolor se acaba en breve, no se le puede tener por un tormento muy grave.
Más seria grandísima tribulación que al cortar o quemar continuara sin tregua semanas, o meses. Cuando el dolor dura mucho aunque sea muy débil se hace insoportable y no ya los dolores sino aun los placeres y diversiones duraderos en demasía, por ejemplo una comedia o un concierto continuado sin interrupción por muchas horas, nos ocasiona insufrible tedio.
Y que, si durasen un mes o un año, que sucederá pues entonces en el infierno, donde no es música ni comedia lo que siempre se oye, ni tampoco leve dolor lo que se padece, ni ligera herida o breve quemadura de candente hierro lo que atormenta, sino el conjunto de todos los males, de todos los dolores, no en tiempo limitado, sino por toda la eternidad.
Esta duración eterna es de fe, no es una mera opinión, sino una verdad revelada por Dios en muchos lugares en las escrituras, apartaos de mi malditos al fuego eterno he irán estos al fuego eterno, pagaran la pena de eterna perdición, todos serán con fuego asolados.
Así como al sal conserva los manjares, el fuego eterno del infierno atormenta a los condenados, y al mismo tiempo sirve, como de sal, conservándoles la vida.

Allí el fuego consume de tal modo, dice San Bernardo, que conserva siempre. Insensato seria, que el que por disfrutar un rato de recreo, quisiera condenarse por veinte o treinta años a estar en una fosa. Si el infierno durase no ya cien años, sino dos o tres nada más, todavía seria gran locura que por un instante de placer, nos condenásemos por esos dos o tres años de gravísimos tormentos. Pero no se trata ni de cien, ni de mil, ni de un millón de años se trata de padecer para siempre, para siempre terribles penas, para siempre dolores sin fin, males espantosos para siempre, sin alivio de ninguna clase. Con razón pues, aun los santos gemían y temblaban mientras subsistía con la vida temporal el peligro de condenarse. El bienaventurado Isaías, ayunaba y hacia penitencia en el desierto, y se lamentaba exclamando, ay infeliz de mi, que no estoy libre de las llamas infernales.
El que entra en el infierno, jamás saldrá de allí, por este pensamiento temblaba el rey David cuando decía, ni me trague el abismo, ni el pozo cierre sobre mí la boca. Apenas se hunda el condenado a ese pozo de tormento, se cerrara la entrada y no se abrirá nunca.

Puerta para entrar hay en el infierno, más no para salir y explicando las palabras del salmista escribe, no cierra la boca el pozo porque se cerrara en lo alto y se abrirá en lo profundo cuando reciban a los réprobos. Mientras vive, el pecador puede conservar alguna esperanza de remedio, pero si al muerte le sorprende en pecado acabara para el toda esperanza, y si a lo menos pudiesen los condenados forjarse alguna engañosa ilusión que aliviane esa desesperación horrenda, el pobre enfermo llagado e impedido, postrado en el lecho y desahuciado de los médicos, tal vez se ilusiona y consuela pensando que ha de llegar algún doctor o algún remedio que ha de curarlo. El infeliz condenado a cadena perpetua busca también alivio al pensar en la remota esperanza, de huir y libertarse.
Si lograse siquiera el condenado engañarse así, pensando que algún día podrá salir de la prisión, más no, en el infierno no hay esperanzas. Ni cierta ni engañosa, no hay allí un quien sabe consolador, el condenado vera siempre en si su sentencia que le obliga a estar perpetuamente lamentándose, en aquella cárcel de dolores. Unos para la vida eterna y otros para el oprobio, para que lo vean siempre. El réprobo no solo padece lo que ha de padecer a cada instante sino que en todo momento, la pena de la eternidad.

Roguemos pues al Señor como rogaba San Agustín, quema y corta y no perdones aquí, para que perdones en la eternidad, los castigos de esta vida transitorios son, tus saetas pasan dice el salmo 76, la voz del trueno va en rueda por el aire, pero los castigos de la otra vida no acaban jamás.
Es muy saludable tenerles miedo, temamos la voz de trueno con que el supremo juez pronunciara en el día del juicio su sentencia, contra los condenados, apartaos de mi malditos, al fuego eterno.
Dice la escritura en rueda, porque esa curva es símbolo de la eternidad que no tiene fin, grande es el castigo del infierno pero lo más terrible de él, es irrevocable, más donde, dirá el incrédulo, donde está la justicia de Dios, al castigar con pena eterna un pecado que solo ha durado un instante. Y como, responderemos, como se atreve el pecador por el placer de un instante, a ofender a un Dios de majestad infinita. Aun en el juicio humano, la pena se mide no por la duración, sino por la calidad del delito, no porque el homicidio se cometa en un momento, ha de castigarse con la pena momentánea.

Para el pecado mortal, un infierno es poco, a la ofensa de la majestad infinita de Dios, debe corresponder un castigo infinito, dice San Bernardino de Sena, y como al criatura, dice el angélico doctor, no es capaz de recibir pena infinita en intensidad, justamente hace Dios que esa pena sea infinita en duración.
Además la pena debe ser necesariamente eterna, porque el réprobo no podrá jamás satisfacer por su culpa, en este mundo puede satisfacer el pecador penitente en cuanto se le apliquen los meritos de Jesucristo, pero el condenado no participa de esos meritos, y por tanto no pudiendo ya nunca satisfacer a Dios, siendo eterno el pecado, eterno también ha de ser el castigo. Allí la culpa podre ser castigada, pero jamás podrá ser castigada, porque como dice San Agustín, allí el pecador no podrá arrepentirse, y por eso el Señor estará siempre aireado contra él, y aun dado el caso de que Dios quisiese perdonar al réprobo, este no querría el perdón porque su voluntad obstinada y rebelde a quedado confirmada en odio contra Dios.

Dice el Papa Inocencio III, los condenados no se humillaran, antes bien la malignidad del odio crecerá siempre en ellos, y San Gerónimo afirma, que en los réprobos el deseo de pecar es insaciable, la herida de tales desventurados no tiene curación ellos mismos se niegan a sanar.
En la vida del infierno, al muerte es lo que más se desea, buscaran la muerte y no la hallaran, desearan morir y la muerte huira de ellos, por lo cual exclama san Gerónimo, oh muerte cuan grata serias a los mismos a los que fuiste tan amarga, y David dice en el salmo 48, que la muerte se apacentara con los réprobos.
Y San Bernardo lo explica que así como al pasear a los rebaños comen las hojas de las hierbas, y dejan la raíz, así la muerte devora a los condenados, los mata a cada instante y a la vez les conserva la vida para seguir atormentándolos con eterno castigo. De suerte decía San Gregorio que el réprobo muere continuamente sin morir jamás, cuando un hombre le mata el dolor las demás personas se compadecen, pero el condenado no tendrá quien le compadezca, estará por siempre muriendo de angustia y nadie le compadecerá.
El emperador Zenón, que fue sepultado vivo en una fosa, gritaba y pedía por piedad que le sacaran de allí, más no le oyó nadie y le hallaron después muerto en ella, y las mordeduras que en el brazo sin duda se había hecho patentizaron la horrible sensación que le había acontecido.

Pues los condenados exclama San Cirilo de Alejandría, gritan en la cárcel del infierno, pero nadie nunca jamás se compadecerá de ellos. Y cuanto durara tanta desdicha, durara siempre.
Refierese en los ejercicios espirituales del padre Ceñeri que en Roma se estudio a un demonio que estaba en el cuerpo de un poseso, y le preguntaron hace cuanto tiempo que él está en el infierno, y les respondió con rabiosa desesperación, siempre, siempre. Fue tal la desesperación de los circunstantes que muchos jóvenes del seminario Romano, hicieron confesión general y mudaron de vida, convertidos por aquel breve sermón, que tan solo tuvo dos palabras, siempre, siempre.

Infeliz Judas, más de mil novecientos años han pasado de que está en el infierno, y sin embargo diríase que ahora acaba de empezar su castigo. Desdichado Caín, cerca de seis mil años lleva en el suplicio del infierno y puede decirse que aun se halla en el principio de su pena.
Un demonio a quien ha sido preguntado, hace cuanto que está en el infierno, respondió, desde ayer, y como se le replico que no podía ser así, por ya habían pasado cinco mil años desde su condenación, exclamo, si supiereis lo que s la eternidad comprenderías que en comparación de ella cincuenta siglos no es ni un instante. Si un ángel dijera a un réprobo, saldrás del infierno cuanto haya pasado tantos siglos, como gotas hay en las aguas de la tierra, hojas de los arboles y arena en el mar, el condenado se regocijaría tanto como un mendigo que recibiese la nueva de que debía ser rey. Porque pasaran todos esos millones de siglos y otros innumerables después y conto el tiempo de duración del infierno recién estará comenzando.

Los réprobos le pedirían a Dios que les acrecentara en extremo la intensidad de sus penas y que las dilatase cuanto quisiera, con tal que le pusiese fin por remoto que este fuese, pero ese término y límite no existen y no existirán, la voz de la Divina justicia solo repite en el infierno, las palabras, para siempre jamás.
Por burla preguntaran a los condenados los demonios, va muy avanzada la noche, ¿cuándo amanecerá, cuando acabaran, esas voces, esos llantos, los tormentos, las llamas y ese hedor? Los infelices dirán, ¡nunca jamás! Pero cuanto durara esto, para siempre.

Concluión y súplicas:

Señor ilumina a tantos ciegos que cuando se les insta para que no se condene, dejadnos, si he de condenarme e ir al infierno que le debo hacer, paciencia. Dios mío, no tienen paciencia para soportar a veces las molestias del calor o frio, ni sufrir un golpe y la tendrán después para padecer las llamas de un mar de fuego, los tormentos diabólicos, el abandono absoluto de Dios y de todos para toda la eternidad.

Oh Padre de las misericordias, vos nunca abandonas a los que os busca, si en la vida pasada tantas veces me aparte de vos y no me abandonasteis no me dejes ahora que a vos acudo. Me pesa o sumo bien de haberos menospreciado, de haber despreciado vuestra gracia trocándola por cosas tan poco valor, mirad las sagradas llagas de vuestro Hijo, oíd su voz que demanda perdón para ti y perdonadme Señor. Y tu redentor mío recuérdame siempre los trabajos que por mi pasaste, el amor que me tienes y mi vil ingratitud, por la cual tan a menudo he merecido condenación eterna, a fin de que yo llore mis culpas y viva entregado a tu amor. Jesús mío, como no he de arder en tu amor al pensar que muchos años atrás debiera arder en las llamas del infierno por la eternidad y que tú moriste al librarme de ellas y con tan gran clemencia me perdonaste y me libraste, si estuviese hoy en el infierno, te aborrecería eternamente, pero ahora te amo, y deseo seguir siempre amándote pero por los meritos de tu preciosa sangre que así me lo concederás, vos Señor me amáis, yo también os amo, y me amareis siempre si de vos no me aparto. Libradme Salvador mío de esa gran desdicha de apartarme de vos y haced de mi los que os agrade, merecedor soy de todo castigo y gustoso lo acepto con tal que no me privéis de vuestro amor.
Oh María Santísima, amparo y refugio mío, cuantas veces me he condenado yo mismo al infierno, y vos me habéis librado de él, libradme desde ahora de todo pecado, causa única que me puede arrebatar la gracia de Dios y arrojarme al infierno.
Amén.
Y recuerda querido lector, que aunque quisiéramos sacarlo de la mente, que aunque en ello no queramos pensar día a día, corremos hacia el encuentro con la muerte y será entonces el momento de ingresar en una dicha eterna o en una eternidad de tormentos sin fin. ¡Recuerda que solo depende de ti!

 

JESUS POR MARÍA

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