COMUNIÓN EN LA MANO: El suelo teñido de Sangre

«Si alguno negare que en el venerable sacramento de la Eucaristía se contiene Cristo entero bajo cada una de las especies y bajo cada una de las partes de cualquiera de las especies hecha la separación, sea anatema». Concilio de Trento

Llevo tiempo observando discusiones y conversaciones sobre el tema “comunión en la mano”. En todas ellas percibo de forma reiterada una serie de argumentos, tantos de laicos como de sacerdotes, unos tratando de justificar el recibirla y otros el administrarla, que evidencian que, a pesar de sus buenas intenciones, no han comprendido la verdadera naturaleza del problema de fondo.

Querido laico, hay que dejar de pensar en estos términos: lo que a MÍ me gusta, lo que a MÍ no me ofende, lo que YO veo normal, lo que YO veo o dejo de ver grave, lo que a MÍ me permite tener devoción, lo que YO creo, lo que YO pienso, lo que YO leí que no se quién dijo o hacía en no se que siglo… es decir lo que YO, YO y más YO.

Querido sacerdote que quieres dar la comunión en la mano o, incluso, no quieres pero la das, hay que dejar de discurrir de esta forma: A MÍ me gusta más en la mano, YO creo que debo obedecer a pesar de todo, YO no quiero problemas, YO no lo veo tan grave, YO no soy quien para tomar esa decisión, YO creo que si lo hace el Papa y mi obispo YO debo hacerlo… o sea lo que YO, YO y más YO.

No, queridos laicos y sacerdotes, esta perspectiva es totalmente errada, el problema no eres TÚ, lo que TÚ creas o dejes de pensar, las consecuencias que tenga para TÍ el no darla, lo que te digan, lo que hagan muchos o pocos, ni lo que haga el obispo o incluso el papa. No, no y no. Voy a detenerme y decirlo bien alto:

El problema no eres tú, el problema es ÉL.

No importa tu punto de vista, la razón teórica que puedas tener o dejar de tener, tus buenas intenciones, tu afán de obediencia, todos esos argumentos se desploman por su propio peso si lo vemos desde la perspectiva de ÉL, no del YO.

¿Cuál es el problema de ÉL con la comunión en la mano?

  1. Esta dogmáticamente definido en el Concilio de Trento que en cada partícula de la Sagrada Hostia está Jesucristo en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
  2. Por lo tanto si una partícula por minúscula que sea cae al suelo es exactamente igual que si cayera la Hostia entera.
  3. Y si caen partículas al suelo hay que creer dogmáticamente que es el mismo Jesucristo, su Cuerpo y su Sangre, el que está en el suelo.
  4. Por lo que si pisamos esas partículas estamos pisando a Jesucristo. Sí, repitámoslo: ESTAMOS PISANDO A JESUCRISTO. Y lo estamos haciendo por nuestra culpa, colaboración o complicidad, no por un accidente incontrolado.

comunion-en-la-mano-1920-X-800-1Si por un momento pudiéramos contemplar la dantesca escena que se produce en nuestras iglesias quedaríamos horrorizados. Háganse una ligera idea contemplando la fantástica ilustración de Rodrigo García. ¿Les parece cruda? Pues es exactamente lo que ocurre y no vemos.

Es ahora fácil comprender el Amor que supone la Eucaristía, donde Jesús se ha expuesto a ser el más frágil, incluso a riesgo de ser pisoteado indignamente en una segunda Pasión silenciosa e invisible, pero no por ellos menos cruel. Y es fácil entender con cuánto respeto y cuidado deberíamos tratar al Jesús Eucarístico ante su posición voluntaria de fragilidad y exposición, a lo cual estamos obligados de una forma absoluta e inexcusable sin que pueda haber ningún YO que valga, nuestra única obligación es protegerlo a ÉL, contra todo y contra todos, incluso a costa de nuestra honra o puesto.

Se que habrá quien diga que exagero, que siempre puede haber partículas de una forma u otra, y es cierto que puede haberlas, pero una cosa es que humanamente no se pueda controlar una micropartícula que por ejemplo vuele inadvertida a nuestros ojos, y otra muy diferente es que caiga por nuestra culpa, negligencia, cobardía y/o forma de comulgar. Es verdad que comulgando de rodillas y sin bandeja también puede pasar -otra irresponsabilidad del sacerdote-, pero infinitamente menos que si sometemos la Hostia a la fricción del contacto con las manos.

De muchas observaciones que he realizado he de decir que no he logrado nunca ver -aunque seguro hay alguien perdido que lo haga, la excepción- a ni un solo comulgante en la mano tratar de quitar de su mano partículas que pudieran quedar, ni siquiera el intento de mirar si las hay. Cualquier sacerdote que ha dado la comunión con bandeja sabe que incluso en Misa tradicional siempre hay partículas, al igual que siempre hay partículas que quedarán en la mano. El solo hecho de depositarla y volverla a coger para comulgarla conlleva desprendimiento inevitable. Eso significará en la prácticacientos de partículas por el suelo profanadas y pisoteadas por nuestra culpa.

Todo esto es tanto más doloroso si pensamos por un momento como se promociona activamente esta práctica, llegándose incluso a obligar a niños a hacer la Primera Comunión en la mano, como ocurre en la parroquia de mi pequeña localidad con el pleno conocimiento, silencio y pasividad del Arzobispado de Sevilla (1).

Ningún sacerdote está obligado a dar la comunión en la mano, y la propia legislación canónica lo respalda (2), pues le permite no administrarla a decisión del sacerdote cuando hay riesgo de profanación. ¿Acaso no  hay riesgo de profanación en que Jesucristo caiga al suelo y sea pisoteado? ¿Acaso no hay riesgo de profanación en el uso que se le pueda dar a la Sagrada Forma como se ha visto recientemente en Pamplona? Querido Sacerdote que de buena Fe la ha estado dando, mire nuestra ilustración, medítela, y dígame ¿cree ahora sinceramente que es inocuo dar la comunión en la mano, aunque sea a una sola persona?

Nadie, repito, nadie debe arriesgar el Cuerpo de Cristo a ser pisoteado y profanado, y eso se hace dando una sola comunión en la mano. ¿Podría haber alguna ley que obligara a un hijo a exponer a su madre a ser pisoteada, ultrajada y vejada? Incluso en caso de que existiera, ¿alguien con un mínimo de sentido común podría sostener que esa persona tiene obligación moral de seguir dicha ley?… pues tanto más si hablamos de Jesucristo, nuestro Señor y Creador.

No me cabe duda que la mayoría de ustedes que la reciben en la mano o la administran no lo hacen con esa intención, porque siguen analizándolo desde el YO, YO y YO. Párese un momento, reflexione y vealo desde el punto de vista de ÉL, pisoteado en el suelo o profanado por indeseables, con la Iglesia llena de regeros de la Sangre de Nuestro Señor,  y estoy seguro que ni la recibirán ni la darán nunca más.

Si ha habido miles de mártires que han muerto por el hecho de no permitir ultrajar una imagen, un libro sagrado… ¿va usted a tolerar que se ultraje y pise al mismo Jesucristo en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad delante suya?

Antes morir que Nuestro Señor esté en el suelo por mi culpa.

Miguel Ángel Yáñez
[Ilustración de Rodrigo García para Adelante la Fe]

(1) Personalmente denuncie al Sr. Arzobispo de Sevilla, Monseñor Asenjo, que los niños recibían obligatoriamente su Primera Comunión de pie y en la mano. Su respuesta fue que “no podía hacer nada”. Pobres niños, utilizados y manipulados por los demoledores de la Fe, que siempre deberían recordar las durísimas palabras de Nuestro Señor contra quien manipule a estos pequeños: “más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar” (Mateo 18:6).

(2) “Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano” (Redemptionis Sacramentum 92).

comunion en la mano (1920 X 800)

 

Vía: http://adelantelafe.com/comunion-en-la-mano-nuestras-iglesias-tenidas-sangre/

 

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Siete mujeres santas que vivieron durante años alimentándose sólo con la eucaristía

Demostración del poderoso alimento de la hostia consagrada.
Una demostración de que la hostia consagrada es algo más que un pedazo de harina con agua cocida son los milagros eucarísticos, donde hostias consagradas sangran con sangre humano. Y otro, el que traemos aquí, son los testimonios de vida de personas que consagran radicalmente su vida a Jesús y son capaces de vivir por años comiendo solamente la hostia consagrada.

 

Marta Robin

 

Esto demuestra que el cuerpo humano puede vivir durante años en abstinencia absoluta y que en esa ciscunstacia se desarrolla una elevadísima espiritualidad, teniendo a Dios como Única y Verdadera Fuente de la Vida.

Sin embargo está la otra cara. El Padre Pío le envió a Luisa Piccarreta este mensaje, a través de Federico Abresch:

”Querida Luisa, los santos sirven para el bien de las almas, pero su sufrimiento nunca tiene límites” 

Muchos de estos santos han vivido solo alimentándose con la eucaristía durante años, demostrando que la Eucaristía no es solamente un signo o símbolo, sino que Dios está plenamente presente en el pan consagrado.

Acá traemos siete de estos casos; mujeres que han demostrado con su vida que Dios es el Único y Verdadero Alimento.

IMELDA LAMBERTINI

Imelda tenía tan solo 11 años de edad cuando dejó su cuerpo en un amoroso estado de éxtasis místico tras recibir su Primera Comunión. Ella se encontraba en el convento preparándose para ser monja y la única cosa que verdaderamente deseaba era recibir la Comunión. Habiendo sido enviada al convento después de suplicar mucho a sus amados padres, era admirada por todos su piadosa devoción. La ley eclesiástica no permitía que ella recibiese la Sagrada Eucaristía, debido a su corta edad. Pero, en la vigilia de la Ascensión (12 de mayo de 1333), sus oraciones fueron finalmente atendidas.

Una hermosísima Hostia llena de Luz se hizo visible por encima de ella, que permanecía arrodillada en íntima oración. Terminada la Misa, todo el mundo había abandonado ya la iglesia, a excepción de la hermana sacristana; cuando esta vio aquella Luz sobre Imelda corrió aprisa en busca del sacerdote. Viendo el milagro, el sacerdote no tuvo más alternativa que dar a Imelda su Primera Comunión.

Inmediatamente, habiendo recibido al Señor, Imelda entró en éxtasis. Lo que sucedió a continuación solo Dios lo sabe. En el mismo altar donde ella había estado orando y donde había recibido a Cristo a la Eucaristía, rodeada de monjas y curiosos, Dios la tomó para llevarla consigo. Esta dulce niña amaba a Dios tan profundamente que su corazón fue llevado inmediatamente. Su cuerpo incorrupto se ha venido guardando en una iglesia de Bolonia (Italia) hasta el día de hoy.

CATALINA DE SIENA

Catalina Benincasa nació en Siena, en la fiesta de la Anunciación del año 1347, en el seno de la numerosa familia de un comerciante. A la edad de seis años tuvo una visión de Cristo en su trono de Gloria y a raíz de ello hizo voto secreto de entregar su vida a Dios. A los doce años, en respuesta a la insistencia de sus padres, Catalina les hizo saber que nunca contraería matrimonio y para confirmar su decisión cortó su hermosa y larga cabellera. Viendo que no cambiaba de actitud, la familia comenzó a tratarla como a una sirvienta, encargándole los más humillantes trabajos de la casa, de manera que no tuviese tiempo para retirarse a orar en soledad conforme acostumbraba. Catalina sobrellevaba todo esto con dulzura y paciencia, y Dios le mostró cómo construir una ‘celda interior’ donde estar a salvo de toda perturbación.

Santa Catalina de Siena fue invitada por el mismo Jesús a beber su Preciosísima Sangre, la cual manaba de su costado. Tras beber de esta Divina Fuente, ella no necesitó comer o beber más. Durante los siete años previos a su fallecimiento, vivió no tomando sino a Nuestro Señor en la Eucaristía. Ella no tenía hambre, permaneciendo activa y fuerte.

Después de la comunión diaria casi siempre quedaba en éxtasis, siendomuchos los que pudieron verla levitar. Cada día era mayor el número de conversiones y tres sacerdotes dominicos fueron designados exclusivamente para escuchar las confesiones de aquellos a quienes ella había persuadido para enmendar sus vidas.

MARTA ROBIN

Marta Robin nació el 13 de marzo de 1902, en Châteauneuf de Galaure (Francia). Sus padres eran propietarios de una modesta plantación de maíz. En 1903 la familia Robin hubo de pasar por la penosa experiencia de sufrir una epidemia de fiebre tifoidea. A resultas de ello, la salud de Marta quedó debilitada. Ello no le permitía acudir regularmente a la escuela, hasta que al fin ella dejó de ir para tomar parte en las labores de la casa y la granja. Desde su infancia, ella consideró a María como su Madre, amándola y rezándole como tal.

En 1918, Marta Robin sintió los primeros síntomas de la enfermedad que nunca más la abandonaría: una encefalitis. Se intentó todo para curarla. Para hacer frente a los gastos médicos, Marta Robin cosía y bordaba para unas cuantas personas que le hacían encargos. Tras diez años de lucha contra la enfermedad, por la Gracia de Dios, ella comprendió que su enfermedad y su sufrimiento serían el Camino que la llevara a la Unión con el Corazón de Jesús, el Redentor.

Con ayuda del padre Faure, Marta Robin fue adentrándose en una vida de silencio, entrega y oración. Su unión con Jesús llegó a ser tan íntima que cada viernes ella participaba de los sufrimientos de la Pasión, manifestándose en su cuerpo los estigmas.

En 1929, la enfermedad entra en una segunda fase: Tetraplegia y parálisis del canal alimenticio. Contrariamente a lo que la ciencia afirma, continuó viviendo sin comer ni beber, solo tomando la Comunión diaria; así se mantuvo durante 52 años.

La gente acudía a confiarle sus preocupaciones en familia, acompañados por sus hijos. Marta Robin amaba a los niños y hablaba al padre Faure acerca de la necesidad de crear una escuela, la cual se abrió en 1934. Este sería el comienzo de la importante labor que Dios deseaba poner en marcha.

ALEJANDRINA DA COSTA

Nació el 30 de marzo de 1904 en Balazar (Portugal), en el seno de una familia de campesinos muy piadosos. Alejandrina era alegre y espontánea, sin embargo desde muy niña aprendió a dominar sus miedos y acostumbraba a rezar con perseverancia y fervor. Ya antes de su Primera Comunión, a los siete años de edad, Alejandrina sentía un profundo amor por la Eucaristía, visitando el Santísimo con inusual frecuencia.

Al poco tiempo cayó seriamente enferma con fiebre tifoidea. Tras recuperarse en un sanatorio en la costa atlántica, volvió nuevamente a Balazar y trabajó como costurera junto con su hermana Deolinda. En 1918 tuvo lugar un acontecimiento que marcó su vida. El hombre que la acosó años atrás se presentó en su casa y, entrando por la fuerza, logró acorralarla mientras su hermana y otra joven conseguían escapar; detrás de ella había una ventana y, siendo esta la única salida posible, prefirió lanzarse por ella y exponerse a la muerte antes que ceder a las pretensiones de aquel desalmado. Alejandrina tenía tan solo catorce años.

A consecuencia de la caída, su columna vertebral quedó irreparablemente lastimada, progresando la lesión hasta que en 1924 (a los veinte años de edad) quedó definitivamente postrada en cama. Su familia se reunía todas las noches en torno a ella para rezar a la Santísima Virgen por su sanación. Poco a poco brotó de su piadosa alma el deseo de ofrecer a Jesús su sufrimiento por la reparación de los pecados del mundo.

Alejandrina experimentó numerosos éxtasis de la Pasión completa de Jesucristo, los cuales fueron filmados. Un día escuchó la voz del Señor que le decía: ‘No te alimentarás más con comida en la tierra. Tu comida será mi Carne, tu bebida será mi Sangre, tu vida será mi Vida… Quiero mostrarle al mundo entero el poder de la Eucaristía y el poder de mi Vida en las almas’. Después de ello tuvo lugar su último éxtasis.

Durante los últimos trece años de su vida, Alejandrina no comió ni bebió nada, alimentándose únicamente de la Eucaristía. Ello ha quedado reflejado en los numerosos exámenes médicos a que fue sometida.

LUISA LATEAU

Su vida discurrió en Bois d’Haine (Bélgica). Su padre falleció al poco de nacer ella (en 1850) y a causa del sufrimiento padecido su madre permaneció en cama durante dieciocho meses. En esas circunstancias Luisa, que había contraído la enfermedad de su padre, carecía de los más elementales cuidados y sobrevivió gracias a algunos vecinos caritativos. Ya curada, la madre trabajaba durante el día para alimentar a la familia. Ella recibía solo un reducido salario y, durante años, ellos sufrieron hambre y frío viviendo en medio de una gran pobreza.

En la noche del 3 de enero de 1868 (primer viernes), estando en oración, un rayo de Luz marcó los estigmas en el corazón, pies y costado de Luisa. Estas manifestaciones se repitieron durante los siguientes viernes hasta que, a imitación de las heridas de Jesús, la sangre empezó a fluir, primero de su costado y después de sus pies y manos. Pronto aparecerían las heridas causadas por la corona de espinas y a partir de entonces Luisa ya no necesitó dormir más.

Desde abril de 1871 ella dejó definitivamente de comer, porque vomitaba todo cuanto ingería; numerosos médicos fueron testigos de sus éxtasis y probaron el hecho de que no tomó comida alguna durante doce años. Lo único que toleraba era la Eucaristía y esta hacía brotar en ella tal Unión con Cristo que tan pronto como comulgaba el mundo exterior dejaba de existir para Luisa. A pesar del ayuno total, el insomnio y las pérdidas de sangre que no se veían reparadas mediante alimento, durante la semana (a excepción de los viernes) Luisa dividía su tiempo entre cuidar a los enfermos, ayudar a los necesitados, recibir a los visitantes y llevar a cabo las más penosas tareas de la casa para ayudar en todo lo posible a su madre y hermanas.

Desde enero de 1876 dejó de ser posible para Luisa acudir a la iglesia. En lo sucesivo guardaría reposo en casa, siéndole llevada la Comunión cada día. En 1879, se vió obligada a permanecer en cama y dejar de realizar esfuerzos. Aunque sus sufrimientos aumentaban progresivamente, Luisa solo dejaba de hablar a aquellos que iban a verla durante los éxtasis de los viernes y después de la Comunión. Dejó su cuerpo el 25 de agosto de 1883.

LUISA PICCARRETA

Luisa nació en Corato, al sur de Italia, el 23 de abril de 1865. A los 11 años de edad se hizo Hija de María. Quiso ser monja pero no la aceptaron. A los 13 años de edad tuvo inesperadamente la primera visión de Jesús con la Cruz a cuestas, a partir de la cual y para siempre, se encendió en Luisa un grandísimo deseo de compartir el padecimiento de Jesús por amor a El. A los 16 años tuvo una segunda visión de Jesús coronado de espinas, a partir de la cual ella aceptó plenamente la Voluntad de Dios. Pocos días después tuvo una tercera visión de Jesús en su Pasión, que la llevó a perder el conocimiento; cuando volvió en sí no era capaz de abrir la boca ni de tomar alimento, situación que se mantuvo durante dos o tres días y que poco tiempo después se convertiría en definitiva, viviendo el resto de su vida (64 años) solo de la Voluntad Divina, que junto con la Eucaristía era su único alimento.

Así comenzó una ‘enfermedad’ que ningún médico fue capaz de diagnosticar: permanecía todo el día sentada en su cama, sin apoyar la cabeza en la almohada ni para dormir. Cuando perdía el conocimiento quedaba como petrificada, en un estado del que ningún tratamiento médico era capaz de sacarla sino solo la bendición de un sacerdote; en una ocasión llegó a permanecer así hasta 25 días, ante la desesperación de su madre. En esos estados recibía visitas frecuentes de Jesús y de la Santísima Virgen, quedando fielmente reflejadas estas experiencias en los 36 volúmenes del ‘diario’ que comenzó a escribir en 1899 a petición de sus confesores.

TERESA NEUMANN

Mención aparte merece el caso de Teresa Neumann, que fue estudiado en profundidad por numerosos científicos desde un punto de vista imparcial. Su biógrafo, Johannes Steiner, testigo privilegiado de los hechos, cuenta que desde las navidades de 1922, y debido a una parálisis de los músculos de deglución, Teresa Neumann sólo tomó alimento líquido; desde agosto de 1926, sólo tomaba una o dos cucharadas al día, ya que no sólo no experimentaba sensación alguna de hambre, sino que por el contrario sentía repugnancia hacia la comida y la bebida. Finalmente, a partir de las navidades de 1926 se negó a tomar cualquier alimento; sólo se le daban unas gotas de agua al recibir cada día la sagrada comunión. Y desde septiembre de 1927 el párroco Naber ni siquiera le dio ya esas gotas. Desde esa fecha hasta el final de su vida, es decir, a lo largo de 35 años, Teresa Neumann se mantuvo sin ningún alimento ni bebida alguna. Su única alimentación fue la sagrada comunión. Al mismo tiempo, cesaron por completo las evacuaciones urinarias e intestinales a partir de 1930.

A lo largo de su vida se mantuvo en su peso sin comer ni beber. Sólo los viernes de pasión perdía unos kilos (hasta 4) que recuperaba a lo largo de la semana siguiente. Resulta esclarecedor que durante el Tercer Reich se tuvo en cuenta el hecho de que Teresa Neumann no tomase alimentos, por lo que no se le otorgó ninguna cartilla de racionamiento durante II Guerra Mundial.

No obstante, la Comunión diaria era fundamental para su supervivencia. Si pasaba más de un día sin haber comulgado, ella entraba en un estado de inconsciencia del cual solo la sacaba tomar la Sagrada Comunión

La gente tenía dudas acerca de que Teresa pudiera vivir sin comer, de modo que el obispo de Regensburg pidió que se expidiese un certificado médico que acreditara este fenómeno, en 1927. Teresa y su padre accedieron a que le fuera realizado un examen médico, el cual se llevó a cabo entre los días 14 y 28 de julio de 1927. El resultado fue hecho público por el profesor Ewald y las autoridades diocesanas: ellos confirmaron que en efecto Teresa estaba viviendo sin tomar comida alguna.

Teresa Neumann (8 abril 1898 – 18 septiembre 1962) fue curada de graves enfermedades en varias ocasiones por la intercesión de Santa Teresa de Lisieux, aunque en algunos casos desde un punto de vista médico no hubiera recuperación posible.

Además del hecho de que ella viviera durante décadas solo recibiendo la Sagrada Comunión regularmente, en su vida se dieron otros fenómenos: la experiencia de acontecimientos religiosos del pasado a través de sus visiones, la interpretación de las palabras que había oído en una visión en su lengua original, los Estigmas, la capacidad para dar consejo y dirección espiritual. Aunque dichos fenómenos no pueden ser científicamente explicados y ello los hace difíciles de comprender para algunas personas, la vida de Teresa da testimonio de la acción de Dios en el mundo no solo para los creyentes sino también para todos aquellos que llegaron a conocer su situación más de cerca.

 

Via http://forosdelavirgen.org/62830/siete-mujeres-santas-que-vivieron-durante-anos-alimentandose-solo-con-la-eucaristia-2013-05-08/

Comunión y culto eucarístico fuera de la misa

Comunión y culto eucarístico fuera de la misa

Comunión y culto eucarístico fuera de la misa

Introducción del ritual de la sagrada comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la misa

21 de junio de 1973

Observaciones generales previas

I. RELACIONES ENTRE EL CULTO EUCARÍSTICO FUERA DE LA MISA Y LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA

1. La celebración de la Eucaristía es el Centro de toda la vida cristiana, tanto para la Iglesia universal como para las asambleas locales de la misma Iglesia. Pues “los demás sacramentos, al igual que todos los ministerios eclesiásticos y las obras del apostolado, están unidos con la Eucaristía y hacia ella se ordenan. Pues en la sagrada Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua y pan vivo que, por su carne vivificada y que vivifica por el Espíritu Santo, da vida a los hombres que de esta forma son invitados y estimulados a ofrecerse a si mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas juntamente con él” (1).

2. Pero además “la celebración de la Eucaristía en el sacrificio de la misa es realmente el origen y el fin del culto que se le tributa fuera de la misa”. (2) Porque Cristo, el Señor, que “se inmola en el mismo sacrificio de la misa cuando comienza a estar sacramentalmente presente como alimento espiritual de los fieles bajo las especies de pan y vino”, también “una vez ofrecido el sacrificio, mientras la Eucaristía se conserva en las iglesias y oratorios es verdaderamente el Emmanuel, es decir “Dios-con-nosotros”. Pues día y noche está en medio de nosotros, habita con nosotros lleno de gracia y de verdad”. (3)

3. Nadie debe dudar “que los cristianos tributan a este Santísimo Sacramento, al venerarlo, el culto de latría que se debe al Dios verdadero, según la costumbre siempre aceptada en la Iglesia católica. Porque no debe dejar de ser adorado por el hecho de haber sido instituido por Cristo, el Señor, para ser comido” (4).

4. Para ordenar y promover rectamente la piedad hacia el Santísimo Sacramento de la Eucaristía hay que considerar el misterio eucarístico en toda su amplitud, tanto en la celebración de la misa como en el culto de las sagradas especies, que se conservan después de la misa para prolongar la gracia del sacrificio. (5)

II. FINALIDAD DE LA RESERVA DE LA EUCARISTÍA

5. El fin primero y primordial de la reserva de las sagradas especies fuera de la misa es la administración del viático; los fines secundarios son la distribución de la comunión y la adoración de nuestro Señor Jesucristo presente en el Sacramento. Pues la reserva de las especies sagradas para los enfermos ha introducido la laudable costumbre de adorar este manjar del cielo conservado en las iglesias. Este culto de adoración se basa en una razón muy sólida y firme: sobre todo porque a la fe en la presencia real del Señor le es connatural su manifestación externa y póblica. (6)

6. En la celebración de la misa se iluminan gradualmente los modos principales según los cuales Cristo se hace presente a su Iglesia: en primer lugar, está presente en la asamblea de los fieles congregados en su nombre; está presente también en su palabra, cuando se lee y explica en la iglesia la Sagrada Escritura; presente también en la persona del ministro; finalmente, sobre todo, está presente bajo las especies eucarísticas. En este Sacramento, en efecto, de modo enteramente singular, Cristo entero e íntegro, Dios y hombre, se halla presente substancial y permanentemente. Esta presencia de Cristo bajo las especies “se dice real, no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por excelencia”. (7)

Así que, por razón del signo, es más propio de la naturaleza de la celebración sagrada que la presencia eucarística de Cristo, fruto de la consagración, y que como tal debe aparecer en cuanto sea posible, no se tenga ya desde el principio por la reserva de las especies sagradas en el altar en que se celebra la misa. (8)

7. Renuévense frecuentemente y consérvense en un copón o vaso sagrado las hostias consagradas, en la cantidad suficiente para la comunión de los enfermos y de otros fieles. (9)

8. Cuiden los pastores de que, a no ser que obste una razón grave, las iglesias en que, según las normas de Derecho, se guarda la santísima Eucaristía, estén abiertas diariamente durante varias horas en el tiempo más oportuno del día, para que los fieles puedan fácilmente orar ante el santísimo Sacramento. (10)

III. EL LUGAR PARA LA RESERVA DE LA EUCARISTÍA

9. El lugar en que se guarda la santísima Eucaristía sea verdaderamente destacado. Conviene que sea igualmente apto para la adoración y oración privada, de modo que los fieles no dejen de venerar al Señor presente en el Sacramento, aun con culto privado, y lo hagan con facilidad y provecho.

Lo cual se conseguirá más fácilmente cuando el sagrario se coloca en una capilla que esté separada de la nave central del templo, sobre todo en las iglesias en que se celebran con frecuencia matrimonios y funerales y en los lugares que son muy visitados, ya por peregrinaciones, ya por razón de los tesoros de arte y de historia.

10. La sagrada Eucaristía se reservará en un sagrario inamovible y sólido, no transparente, y cerrado de tal manera que se evite al máximo el peligro de profanación. De ordinario en cada iglesia y oratorio haya un solo sagrario, colocado en una parte de la iglesia u oratorio verdaderamente noble, destacada, convenientemente adornada y apropiada para la oración.

Quien cuida de la iglesia u oratorio ha de proveer a que se guarde diligentísimamente la llave del sagrario en que se reserva la santísima Eucaristía. (11)

11. La presencia de la santísima Eucaristía en el sagrario indíquese por el conopeo o por otro medio determinado por la autoridad competente.

Ante el sagrado en el que está reservada la sagrada Eucaristía ha de lucir constantemente una lámpara especial, con la que se indique y honre la presencia de Cristo.

Según la costumbre tradicional, y en la medida de lo posible, la lámpara ha de ser de aceite o de cera. (12)

IV. LO QUE CORRESPONDE A LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES

12. Corresponde a las Conferencias Episcopales, al preparar los Rituales particulares según la norma de la Constitución sobre la sagrada liturgia, (13) acomodar este titulo del Ritual Romano a las necesidades de cada región, y una vez aceptado por la Sede Apostólica, empléese en las correspondientes regiones.

Por tanto será propio de las Conferencias Episcopales:

a) Considerar con detenimiento y prudencia qué elementos procedentes de las tradiciones de los pueblos (si las hubiere) se pueden retener o introducir, con tal que se acomoden al espíritu de la sagrada liturgia; por tanto, es propio de las Conferencias Episcopales proponer a la Sede Apostólica y, de acuerdo con ella, introducir las acomodaciones que se estimen útiles o necesarias.

b) Preparar las versiones de los textos, de modo que se acomoden verdaderamente al genio de cada idioma y a la índole de cada cultura, añadiendo quizá otros textos, especialmente para el canto, con las oportunas melodías.

CAPÍTULO I
LA SAGRADA COMUNIÓN FUERA DE LA MISA
OBSERVACIONES PREVIAS

I. RELACIONES ENTRE LA COMUNIÓN FUERA DE LA MISA Y EL SACRIFICIO

13. La más perfecta participación en la celebración eucarística es la comunión sacramental recibida dentro de la misa. Esto resplandece con mayor claridad, por razón del signo, cuando los fieles, después de la comunión del sacerdote, reciben del mismo sacrificio el Cuerpo del Señor. (14)

Por tanto, de ordinario, en cualquier celebración eucarística conságrese para la comunión de los fieles pan recientemente elaborado.

14. Hay que procurar que los fieles comulguen en la misma celebración eucarística.

Pero los sacerdotes no rehusen administrar, incluso fuera de la misa, la sagrada comunión a los fieles cuando lo piden con causa justa. (15) Incluso conviene que quienes estén impedidos de asistir a la celebración eucarística de la comunidad se alimenten asiduamente con la eucaristía, para que así se sientan unidos no solamente al sacrificio del Señor, sino también unidos a la comunidad y sostenidos por el amor de los hermanos.

Los pastores de almas cuiden de que los enfermos y ancianos tengan facilidades para recibir la Eucaristía frecuentemente e incluso, a ser posible, lodos los días., sobre todo en el tiempo pascual, aunque no padezcan una enfermedad grave ni estén amenazados por el peligro de muerte inminente. A los que no puedan recibir la Eucaristía bajo la especie de pan, es lícito administrársela bajo la especie de vino solo. (16)

15. Enséñese con diligencia a los fieles que también cuando reciben la comunión fuera de la celebración de la misa se unen íntimamente al sacrificio con el que se perpetúa el sacrificio de la cruz y participan de aquel sagrado convite en el que “por la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor el pueblo de Dios participa en los bienes del sacrificio pascual, renueva la nueva Alianza entre Dios y los hombres, sellada de una vez para siempre con la sangre de Cristo, y prefigura y anticipa en la fe y la esperanza el banquete escatológico en el reino del Padre anunciando la muerte del Señor “hasta que vuelva””. (17)

II. EN QUÉ TIEMPO SE HA DE ADMINISTRAR LA COMUNIÓN FUERA DE LA MISA

16. La sagrada comunión fuera de la misa se puede dar en cualquier día y a cualquier hora. Conviene, sin embargo, determinar, atendiendo a la utilidad de los fieles, las horas para distribuir la sagrada comunión, para que se realice una sagrada celebración más plena con mayor fruto espiritual de los fieles.

Sin embargo:

a) El Jueves Santo sólo puede distribuirse la sagrada comunión dentro de la misa; pero a los enfermos se puede llevar la comunión a cualquier hora del día.

b) El Viernes Santo únicamente puede distribuirse la sagrada comunión durante la celebración de la Pasión del Señor; a los enfermos que no pueden participar en esta celebración se puede llevar la sagrada comunión a cualquier hora del día.

c) El Sábado Santo la sagrada comunión sólo puede darse como viático. (18)

III. EL MINISTRO DE LA SAGRADA COMUNIÓN

17. Pertenece ante todo al sacerdote y al diácono administrar la comunión a los fieles que la pidan. (19) Mucho conviene, pues, que a este ministerio de su orden dediquen todo el tiempo preciso, según la necesidad de los fieles.

También pertenece al acólito debidamente instituido, en cuanto ministro extraordinario, distribuir la sagrada comunión cuando faltan un presbítero o diácono, o estén impedidos, sea por enfermedad, edad avanzada, o por algún ministerio pastoral, o cuando el número de los fieles que se acercan a la sagrada mesa es tan numeroso que se alargaría excesivamente la misa u otra celebración. (20)

El Ordinario del lugar puede conceder la facultad de distribuir la sagrada comunión a otros ministros extraordinarios cuando sea necesario para la utilidad pastoral de los fieles y no se disponga ni de sacerdote ni de diácono o acólito. (21)

IV. EL LUGAR PARA DISTRIBUIR LA COMUNIÓN FUERA DE LA MISA

18. El lugar en que de ordinario se distribuye la sagrada comunión fuera de la misa es la iglesia o un oratorio en que habitualmente se celebra o reserva la Eucaristía, o la iglesia, oratorio u otro lugar en que la comunidad se reúne habitualmente para celebrar una asamblea litúrgica los domingos u otros días. Sin embargo, en otros lugares, sin excluir las casas particulares, se puede dar la comunión, cuando se trata de enfermos, cautivos y otros que sin peligro o grave dificultad no pueden salir.

V. LO QUE SE HA DE OBSERVAR AL DISTRIBUIR LA SAGRADA COMUNIÓN

19. Cuando se administra la sagrada comunión en la iglesia o en un oratorio, póngase el corporal sobre el altar cubierto con un mantel; enciéndanse dos cirios como señal de veneración y de banquete festivo; (22) utilícese la patena.

Pero, cuando la sagrada comunión se administra en otros lugares, prepárese una mesa decente cubierta con un mantel; ténganse también preparados los cirios.

20. El ministro de la sagrada comunión, si es presbítero o diácono, vaya revestido de alba, o sobrepelliz sobre el traje talar, y lleve estola.

Los otros ministros lleven o un vestido litúrgico, quizá tradicional en la región, o un vestido que no desdiga de este ministerio y que el Ordinario apruebe.

Para administrar la comunión fuera de la iglesia, llévese la Eucaristía en una cajita u otro vaso cerrado, con la vestidura y el modo apropiado a las circunstancias de cada lugar.

21. Al distribuir la sagrada comunión consérvese la costumbre de depositar la partícula de pan consagrado en la lengua de los que reciben la comunión, que se basa en el modo tradicional de muchos siglos.

Sin embargo, las Conferencias Episcopales pueden decretar, con la confirmación de la Sede Apostólica, que en su jurisdicción se pueda distribuir también la sagrada comunión depositando el pan consagrado en las manos de los lides, con tal que se evite el peligro de faltar a la reverencia o se dé lugar a que surjan entre los fieles ideas falsas sobre la santísima Eucaristía. (23)

Por lo demás, conviene enseñar a los fieles que Jesucristo es el Señor y el Salvador y que se le debe a él, presente bajo las especies sacramentales, el culto de latría o adoración, propio de Dios. (24)

En ambos casos, la sagrada comunión debe ser distribuida por el ministro competente, que muestre y entregue al comulgante la partícula del pan consagrado, diciendo la fórmula: “El Cuerpo de Cristo”, a lo que cada fiel responde: “Amén.”

En lo que toca a la distribución de la sagrada comunión bajo la especie de vino, síganse fielmente las normas litúrgicas. (25)

22. Si quedaran algunos fragmentos después de la comunión, recójanse con reverencia y pónganse en el copón, o échense en un vasito con agua.

Igualmente, si la comunión se administra bajo la especie de vino, purifíquese con agua el cáliz o cualquier otro vaso empleado para ese menester.

El agua utilizada en esas purificaciones, o bien se sume o se arroja en algún lugar conveniente.

VI. LAS DISPOSICIONES PARA RECIBIR LA SAGRADA COMUNIÓN

23. La Eucaristía, que continuamente hace presente entre los hombres el misterio pascual de Cristo, es la fuente de toda gracia y del perdón de los pecados. Sin embargo, los que desean recibir el Cuerpo del Señor, para que perciban los frutos del sacramento pascual tienen que acercarse a él con la conciencia limpia y con recta disposición de espíritu.

Además, la Iglesia manda “que nadie consciente de pecado mortal, por contrito que se crea, se acerque a la sagrada Eucaristía sin que haya precedido la confesión sacramental” (26). Pero cuando concurre un motivo grave y no hay oportunidad de confesarse, haga un acto de perfecta contrición con el propósito de confesar cuanto antes todos los pecados mortales, que al presente no pueda confesar.

Pero los que diariamente o con frecuencia suelen comulgar, conviene que con la oportuna periodicidad, según la condición de cada cual, se acerquen al sacramento de la penitencia.

Por los demás, los fieles miren también a la Eucaristía como remedio que nos libra de las culpas de cada día y nos preserva de los pecados mortales; sepan también el modo conveniente de aprovecharse de los ritos penitenciales de la liturgia, en especial de la misa. (27)

24. Los que van a recibir el Sacramento no lo hagan sin estar durante al menos una hora en ayunas de alimentos y bebidas, a excepción del aria y de las medicinas.

El tiempo de ayuno eucarístico, o sea, la abstinencia de alimento o bebida no alcohólica, se abrevia a un cuarto de hora aproximadamente para:

1) Los enfermos que residen en hospitales o en sus domicilios, aunque no guarden cama.

2) Los fieles de edad avanzada, que por su ancianidad no salen de casa o están en asilos.

3) Los sacerdotes enfermos, aunque no guarden cama, o de edad avanzada, lo mismo para celebrar misa que para recibir la sagrada comunión.

4) Las personas que están al cuidado de los enfermos o ancianos, y sus familiares que desean recibir con ellos la sagrada comunión, siempre que sin incomodidad no puedan guardar el ayuno de una hora. (28)

25. La unión con Cristo, a la que se ordena el mismo Sacramento, ha de extenderse a toda la vida cristiana, de modo que los fieles de Cristo, contemplando asiduamente en la fe el don recibido, y guiados por el Espíritu Santo, vivan su vida ordinaria en acción de gracias y produzcan frutos más abundantes de caridad.

Para que puedan continuar más fácilmente en esta acción de gracias, que de un modo eminente se da a Dios en la misa, se recomienda a los que han sido alimentados con la sagrada comunión que permanezcan algún tiempo en oración (29).

CAPÍTULO III
VARIAS FORMAS DE CULTO A LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA

79. Se recomienda con empeño la devoción privada y pública a la santísima Eucaristía, aun fuera de la misa, de acuerdo con las normas establecidas por la autoridad competente, pues el sacrificio eucarístico es la fuente y el punto culminante de toda la vida cristiana.

En la organización de tan piadosos y santos ejercicios, téngase en cuenta los tiempos litúrgicos, de modo que vayan de acuerdo con la sagrada liturgia, en cierto modo se deriven de ella y a ella conduzcan al pueblo. (30)

80. Los fieles, cuando veneran a Cristo presente en el Sacramento, recuerdan que esta presencia proviene del sacrificio y se ordena al mismo tiempo a la comunión sacramental y espiritual.

Así, pues, la piedad que impulsa a los fieles a adorar a la santa Eucaristía los lleva a participar más plenamente en el misterio pascual y a responder con agradecimiento al don de aquel que por medio de su humanidad infunde continuamente la vida en los miembros de su Cuerpo. Permaneciendo ante Cristo, el Señor, disfrutan de su trato intimo, le abren su corazón por sí mismos y por todos los suyos y ruegan por la paz y la salvación del mundo. Ofreciendo con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo sacan de este trato admirable un aumento de su fe, su esperanza y su caridad. Así fomentan las disposiciones debidas que les permiten celebrar con la devoción conveniente el memorial del Señor y recibir frecuentemente el pan que nos ha dado el Padre.

Traten, pues, los fieles de venerar a Cristo en el Sacramento de acuerdo con su propio modo de vida. Y los pastores en este punto vayan delante con su ejemplo y exhórtenlos con sus palabras. (31)

81. Acuérdense, finalmente, de prolongar por medio de la oración ante Cristo, el Señor, presente en el Sacramento, la unión con él conseguida en la comunión y renovar la alianza que los impulsa a mantener en sus obras, costumbres y en su vida la que han recibido en la celebración eucarística por la fe y el Sacramento. Procurarán, pues, que su vida transcurra con alegría en la fortaleza de este alimento del cielo, participando en la muerte y resurrección de Señor. Así, cada uno procure hacer buenas obras, agradar a Dios, trabajando por impregnar al mundo del espíritu cristiano y también proponiéndose llegar a ser testigo de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana. (32)

1. LA EXPOSICIÓN DE LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA
OBSERVACIONES PREVIAS

I. RELACIONES ENTRE LA EXPOSICIÓN Y LA MISA

82. La exposición de la santísima Eucaristía, sea en el copón, sea en la custodia, lleva a los fieles a reconocer en ella la maravillosa presencia de Cristo y les invita a la unión de corazón con él, que culmina en la comunión sacramental. Así promueve adecuadamente el culto en espíritu y en verdad que le es debido.

Hay que procurar que en tales exposiciones el culto del Santísimo Sacramento manifieste, aun en los signos externos, su relación con la misa. En el ornato y en el modo de la exposición evítese cuidadosamente lo que pueda oscurecer el deseo de Cristo, que instituyó la Eucaristía ante todo para que fuera nuestro alimento, nuestro consuelo y nuestro remedio. (33)

83. Se prohibe la celebración de la misa durante el tiempo en que está expuesto el Santísimo Sacramento en la misma nave de la iglesia u oratorio.

Pues, aparte de las razones propuestas en el número 6, la celebración del misterio eucarístico incluye de una manera mis perfecta aquella comunión interna a la que se pretende llevar a los fieles con la exposición.

Si la exposición del Santísimo Sacramento se prolonga durante uno o varios días, debe interrumpirse durante la celebración de la misa, a no ser que se celebre en una capilla o espacio separado del lugar de la exposición y permanezcan en adoración por lo menos algunos fieles. (34)

II. NORMAS QUE SE HAN DE OBSERVAR EN LA EXPOSICIÓN

84. Ante El Santísimo Sacramento, ya reservado en el sagrario, ya expuesto para la adoración pública, sólo se hace genuflexión sencilla.

85. Para la exposición del Santísimo Sacramento en la custodiase encienden cuatro o seis cirios de los usuales en la misa, y se emplea el incienso. Para la exposición en el copón enciéndanse por lo menos dos cirios; se puede emplear el incienso.

Exposición prolongada

86. En las iglesias y oratorios en que se reserva la Eucaristía, se recomienda cada año una exposición solemne del Santísimo Sacramento, prolongada durante algún tiempo, aunque no sea estrictamente continuado, a fin de que la comunidad local pueda meditar y adorar más intensamente este misterio.

Pero esta exposición se hará solamente si se prevé una asistencia conveniente de fieles. (35)

87. En caso de necesidad grave y general, el Ordinario del lugar puede ordenar preces delante del Santísimo Sacramento, expuesto durante algún tiempo más prolongado, y que debe hacerse en aquellas iglesias que son más frecuentadas por los lieles. (36)

88. Donde, por falta de un número conveniente de adoradores, no se puede tener la exposición sin interrupción, está permitido reservar el Santísimo Sacramento en el sagrario, en horas determinadas y dadas a conocer, pero no más de dos veces al día; por ejemplo, a mediodía y por la noche.

Esta reserva puede hacerse de modo más simple; el sacerdote o el diácono, revestido de alba (o de sobrepelliz sobre traje talar) y de estola, después de una breve adoración, hecha la oración con los fieles, devuelve el Santísimo Sacramento al sagrario. De mismo nodo, a la hora señalada se hace de nuevo la exposición. (37)

Exposición breve

89. Las exposiciones breves de Santísimo Sacramento deben ordenarse de tal manera que, antes de la bendición con el Santísimo Sacramento, se dedique un tiempo conveniente a la lectura de la palabra de Dios, a los cánticos, a las preces y a la Oración en silencio prolongada durante algún tiempo.

Se prohibe la exposición tenida únicamente para dar la bendición. (38)

La adoración en las comunidades religiosas

90. A las comunidades religiosas y otras piadosas asociaciones que, según las Constituciones o normas de su Instituto, tienen la adoración perpetua o prolongada por largo tiempo, se las recomienda con empeño que organicen esta piadosa costumbre según el espíritu de la sagrada liturgia, de forma que, cuando la adoración ante Cristo, el Señor, se tenga con participación de toda la comunidad, se haga con sagradas lecturas, cánticos y algún tiempo en silencio, para fomentar más eficazmente la vida espiritual de la comunidad. De esta manera se promueve entre los miembros de la casa religiosa el espíritu de unidad y fraternidad de que es signo y realización la Eucaristía y se practica el culto debido al Sacramento de forma más noble.

También se ha de conservar aquella forma de adoración, muy digna de alabanza, en que los miembros de la comunidad se van turnando de uno en uno, o de dos en dos. Porque también de esta forma, según las normas del Instituto aprobadas por la Iglesia, ellos adoran y ruegan a Cristo, el Señor, en el Sacramento, en nombre de toda la comunidad y de la Iglesia.

III. EL MINISTRO DE LA EXPOSICIÓN DE LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA

91. El ministro ordinario de la exposición del Santísimo Sacramento es el sacerdote o el diácono, que al final de la adoración, antes de reservar el Sacramento, bendice al pueblo con el mismo Sacramento.

En ausencia del sacerdote o diácono, o legítimamente impedidos, pueden exponer públicamente la santísima Eucaristía a la adoración de los fieles y reservarla después, el acólito u otro ministro extraordinario de la sagrada comunión, o algún otro autorizado por el Ordinario del lugar.

Todos éstos pueden hacer la exposición abriendo el sagrado, o también, si se juzga oportuno, poniendo el copón sobre el altar, o poniendo la hostia en la custodia. Al final de la adoración guardan el Sacramento en el sagrario. No les es licito, sin embargo, dar la bendición con el Santísimo Sacramento.

92. El ministro, si es sacerdote o diácono, revístase del alba (o la sobrepelliz sobre el traje talar) y de la estola de color blanco.

Los otros ministros lleven o la vestidura litúrgica tradicional en el país, o un vestido que no desdiga de este sagrado ministerio y que el Ordinario apruebe.

Para dar la bendición al final de la adoración, cuando la exposición se ha hecho con la custodia, el sacerdote y el diácono pónganse además la capa pluvial y el velo humeral de color blanco; pero si la bendición se da con el copón, basta con el velo humeral.

2. LAS PROCESIONES EUCARÍSTICAS

101. El pueblo cristiano da testimonio público de fe y piedad religiosa hacia el Santísimo Sacramento con las procesiones en que se lleva la Eucaristía por las calles con solemnidad y con cantos,

Corresponde al Obispo diocesano juzgar sobre la oportunidad, en las circunstancias actuales, acerca del tiempo, lugar y organización de tales procesiones, para que se lleven a cabo con dignidad y sin desdoro de la reverenda de debida a este Santísimo Sacramento. (39)

102. Entre las procesiones eucarísticas adquiere especial importancia y significación en la vida pastoral de la parroquia o de la ciudad la que suele celebrarse todos los años en la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, o en algún otro día más oportuno, Cercano a esta solemnidad. Conviene, pues, que, donde las circunstancias actuales lo permitan y verdaderamente pueda ser signo colectivo de fe y de adoración, se conserve esta procesión de acuerdo con las normas del derecho.

Pero si se trata de grandes ciudades, y la necesidad pastoral así lo aconseja, se puede, a juicio del Obispo diocesano, organizar otras procesiones en las barriadas principales de la ciudad. Pero donde no se pueda celebrar la procesión en la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, conviene que se tenga otra celebración pública para toda la ciudad o para sus barriadas principales en la iglesia catedral o en otros lugares oportunos.

103. Conviene que la procesión con el Santísimo Sacramento se celebre a continuación de la misa, en la que se consagre la hostia que se ha de trasladar en la procesión. Sin embargo, nada impide que la procesión se haga después de la adoración pública y prolongada que siga a la misa.

104. Las procesiones eucarísticas organícense según los usos de la región, ya en lo que respeta al ornato de plazas y calles, ya en lo que toca a la participación de los fieles. Durante el recorrido, según lo aconseje la costumbre y el bien pastoral, pueden hacerse algunas estaciones o paradas, aun con la bendición eucarística. Sin embargo, los cantos y oraciones que se tengan ordénense a que todos manifiesten su fe en Cristo y se entreguen solamente al Señor.

3. LOS CONGRESOS EUCARÍSTICOS

109. Los Congresos eucarísticos, que en los tiempos modernos se han introducido en la vida de la Iglesia como peculiar manifestación del culto eucarístico, se han de mirar como una statio, a la cual alguna comunidad invita a toda la Iglesia local, o una Iglesia local invita a otras Iglesias de la región o de la nación, o aun de todo el mundo, para que todos juntos reconozcan más plenamente el misterio de la Eucaristía bajo algún aspecto particular y lo veneren públicamente con el vínculo de la caridad y de la unión.

Conviene que tales Congresos sean verdadero signo de fe y caridad por la plena participación de la Iglesia local y por la significativa aportación de las otras Iglesias.

110. Háganse los oportunos estudios, ya en la Iglesia local ya en las otras Iglesias, sobre el lugar, temario y el programa de actos del Congreso que se vaya a celebrar, para que se consideren las verdaderas necesidades y se favorezca el progreso de los estudios teológicos y el bien de la Iglesia local. Para este trabajo de investigación búsquese el asesoramiento de los teólogos, escrituristas, liturgistas y pastoralistas, sin olvidar a los versados en las ciencias humanas.

111. Para preparar un Congreso se ha de hacer sobre todo:

a) Una catequesis más profunda y acomodada a la cultura de los diversos grupos humanos acerca de la Eucaristía, principalmente en cuanto constituye el misterio de Cristo viviente y operante en la Iglesia.

b) Una participación más activa en la sagrada liturgia, que fomente al mismo tiempo la escucha religiosa de la palabra de Dios y el sentido fraterno de la comunidad. (40)

c) Una investigación de las ayudas y la puesta en marcha de obras sociales para la promoción humana y para la comunicación cristiana de bienes incluso temporales, a ejemplo de la primitiva comunidad cristiana, (41) para que el fermento evangélico se difunda desde la mesa eucarística por todo el orbe como fuerza de edificación de la sociedad actual y prenda de la futura. (42)

112. Criterios para organizar la celebración de un Congreso eucarístico: (43)

a) La celebración de la Eucaristía sea verdaderamente el Centro y la culminación a la que se dirijan todos los actos y los diversos ejercicios de piedad.

b) Las celebraciones de la palabra de Dios, las sesiones catequéticas y otras reuniones públicas tiendan sobre todo a que el tema propuesto se investigue con mayor profundidad, y se propongan con mayor claridad los aspectos prácticos a fin de llevarlos a efecto.

c) Concédase la oportunidad de tener ya las oraciones comunes, ya la adoración prolongada, ante el Santísimo Sacramento expuesto, en determinadas iglesias que se juzguen más a propósito para este ejercicio de piedad.

d) En cuanto a organizar una procesión, en que se traslade al Santísimo Sacramento con himnos y preces públicas por las calles de la ciudad, guárdense las normas para las procesiones eucarísticas, mirando a las condiciones sociales y religiosas del lugar (cf. núms. 101- 104).

Notas

1. Concilio Vaticana II, Decreto Presbyterarum ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, núm. 5. [Regresar]

2. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, núm. 3, e: AAS 59 (1967), p. 542. [Regresar]

3. Ibid., núm. 3, b: 1. c. p. 541; PABLO VI, Encíclica Mysterium fidei, prope finem: AAS 57 (1965), p. 771. [Regresar]

4. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium núm. 3, f: AAS 59 (1967), p. 543. [Regresar]

5. Cf. ibid., núm. 3, g: 1. c., p. 543. [Regresar]

6. Cf. ibid., núm. 49: 1. c., pp. 566- 567. [Regresar]

7. PABLO VI, Encíclica Mysterium fidei: AAS 57 (1965), p. 764; cf. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, núm. 9: AAS 59 (1967), p. 547. [Regresar]

8. Cf. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, núm. 55: AAS 59 (1967), pp. 568- 569. [Regresar]

9. Cf. Ordenación general del Misal Romana, núms. 285 y 292. [Regresar]

10. Cf. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, núm. 51: AAS 59 (1967), p. 567; Código de Derecho Canónico, can. 937. [Regresar]

11. Cf. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, núms. 52- 53: AAS 59 (1967), pp. 567- 568; Código de Derecho Canónico, can. 938. [Regresar]

12. Cf. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, núm. 57: AAS 59 (1967), p. 569; Código de Derecho Canónico, can. 940. [Regresar]

13. Núm. 63, b. [Regresar]

14. Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, núm., 55. [Regresar]

15. Cf. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, núm. 33, a: AAS 59 (1967), pp.559- 560. [Regresar]

16. Cf. ibid., núms. 40- 41: 1.c., pp. 562- 563. [Regresar]

17. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, núm. 3, a: AAS 59 (1967), pp. 541- 542. [Regresar]

18. Cf. Missale Romanum, edic. típica 1979: Misa vespertina de la Cena del Señor, p. 243; Celebración de la Pasión del Señor, p. 250, núm. 3; Sábado Santo, p. 265. [Regresar]

19. Cf. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, núm. 31: AAS 59 (1967), pp. 557- 558. [Regresar]

20. Cf. PABLO VI, Carta apostólica Ministerio quaedam, de 15 de agosto de 1972, núm. VI: AAS 64 (1972), p. 532. [Regresar]

21. Cf. Sagrada Congregación de la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Immensae caritatis, de 29 de enero de 1973, 1, I y II: AAS 65 (1973), pp. 265- 266. [Regresar]

22. Cf. Ordenación general del Misal Romano, núm. 269. [Regresar]

23. Cf. Sagrada Congregación para el Culto divino, Instrucción Memoriale Domini, de 29 de mayo de 1969: AAS 61 (1969), pp. 541- 545. [Regresar]

24. Cf. Sagrada Congregación de la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Immensae caritatis, de 29 de enero de 1973, núm. 4: AAS 65 (1973), p. 270. [Regresar]

25. Cf. Ordenación general del Misal Romano, núm. 242; Sagrada Congregación para el Culto Divino, Instrucción Sacramentali Communione, núm. 6, de 29 de junio de 1970: AAS 62 (1970), pp. 665- 666. [Regresar]

26. Cf. Concilio Tridentino, Sesión XIII, Decretum de Eucharistia, 7: OS 1646- 1647; ibid, Sesión XIV, Cananas de sacramenta Paenitentiae, 9: OS 1709; Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Normae pastorales circa absolutionem sacramentalem generali modo impertiendam, de 16 de junio de 1972, proemio y núm. VI: AAS 64 (1972), pp, 510 y 512. [Regresar]

27. Cf. Sagrada Congregación de Ritos, instrucción Eucharisticum mysterium, núm. 35: AAS 59 (1967), p. 569. [Regresar]

28. Cf. Sagrada Congregación de la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Immensae caritatis de 29 de enero de 1973, núm. 3: AAS 65 (1973), p. 269. [Regresar]

29. Cf. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, núm. 38: AAS 59 (1967), p. 562. [Regresar]

30. Cf. ibid, núm., 58: 1. c. p. 569. [Regresar]

31. Cf. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, núm. 50: AAS 59 (1967), p. 567. [Regresar]

32. Cf. ibid., núm. 13: 1.c., p. 549. [Regresar]

33. Cf. ibid., núm. 60: 1.c., p. 570. [Regresar]

34. Cf. ibid, núm. 61: 1. c., pp. 570- 571. [Regresar]

35. Cf. ibid,, núm. 63: 1. c., p. 571. [Regresar]

36. Cf. ibid,, núm., 64: 1. c., p. 572. [Regresar]

37. Cf. ibid, núm. 65: 1. c., p. 572. [Regresar]

38. Cf. ibid., núm. 66: 1. c., p. 572. [Regresar]

39. Cf. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, núm. 59. AAS 59 (1967), p. 570. [Regresar]

40. Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, núms. 41- 52; Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 26. [Regresar]

41. Cf. Hch 4, 32. [Regresar]

42. Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, núm. 47; Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, núm. 15. [Regresar]

43. Cf. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, núm. 67 AAS 59 (1967), pp. 572- 573. [Regresar]

BENDICIONES DE LA SANTA MISA

BENDICIONES DE LA SANTA MISA
A la hora de tu muerte, tu mayor consuelo serán las Misas que durante tu vida oíste.

Cada Misa que oíste te acompañará en el tribunal divino y abogará para que alcances perdón.

Con cada Misa puedes disminuir el castigo temporal que debes por tus pecados, en proporción con el fervor con que la oigas.

Con la asistencia devota a la Santa Misa, rindes el mayor homenaje a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor.

La Santa Misa bien oída suple tus muchas negligencias y omisiones.

Por la Santa Misa bien oída se te perdonan todos los pecados veniales que estás resuelto a evitar, y muchos otros de que ni siquiera te acuerdas.

Por ella pierde también el demonio dominio sobre ti.

Ofreces el mayor consuelo a las benditas ánimas del Purgatorio

Consigues bendiciones en tus negocios y asuntos temporales.

Una Misa oída mientras vivas te aprovechará mucho más que muchas que ofrezcan por ti después de la muerte.

Te libras de muchos peligros y desgracias en los cuales quizás caerías sino fuera por la Santa Misa.

Acuérdate también de que con ella acortas tu Purgatorio.

Con cada Misa aumentarás tus grados de gloria en el Cielo. En ella recibes la bendición del sacerdote, que Dios ratifica en el cielo.

Al que oye Misa todos los días, Dios lo librará de una muerte trágica y el Angel de la guarda tendrá presentes los pasos que dé para ir a la Misa, y Dios se los premiará en su muerte.

Durante la Misa te arrodillas en medio de una multitud de ángeles que asisten invisiblemente al Santo Sacrificio con suma reverencia.

Cuando oímos misa en honor de algún Santo en particular, dando a Dios gracias por los favores concedidos a ese Santo, no podemos menos de granjearnos su protección y especial amor, por el honor, gozo y felicidad que de nuestra buena obra se le sigue.

Todos los días que oigamos Misa, estaría bien que además de las otras intenciones, tuviéramos la de honrar al Santo del día.

La Misa es el don más grande que se puede ofrecer al Señor por las almas, para sacarlas del purgatorio, librarlas de sus penas y llevarlas a gozar de la gloria. – San Bernardo de Sena.

El que oye Misa, hace oración, da limosna o reza por las almas del Purgatorio, trabaja en su propio provecho. – San Agustín.

Por cada Misa celebrada u oídas con devoción, muchas almas salen del Purgatorio, y a las que allí quedan se les disminuyen las penas que padecen. – San Gregorio el Grande, Papa.

Durante la celebración de la Misa, se suspenden las penas de las almas por quienes ruega y obra el sacerdote, y especialmente de aquellas por las que ofrece la Misa. –San Gregorio el Grande

Puedes ganar también Indulgencia Plenaria todos los lunes del año ofreciendo la santa Misa y Comunión en sufragio de las benditas almas del Purgatorio. Para los fieles que no pueden oír Misa el lunes vale que la oigan el domingo con esa intención.

Se suplica que apliquen todas las indulgencias en sufragio de las Almas del Purgatorio, pues Dios nuestro Señor, y ellas le recompensaran esta caridad.

La Santa Misa es la renovación del Sacrificio del Calvario, el Mayor acto de adoración a la Santísima Trinidad. Por eso es obligación oírla todos los domingos y fiestas de guardar.

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